¿Has visto a Jesús?


“Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”  —Juan 9:25


Había un hombre que había vivido toda su vida en la oscuridad. No conocía los colores del amanecer, ni el rostro de su madre, ni el camino de regreso a casa. Desde que nació, el mundo era para él solo sonidos, olores y texturas. Y un día — un día ordinario en que estaba sentado pidiendo limosna — todo cambió. No por algo que él hiciera. No porque lo buscara. Sino porque Jesús pasó por ahí y lo vio (Juan 9:1-7).

Lo que ocurrió después es extraordinario: los vecinos no podían creer que fuera el mismo hombre. Los fariseos lo interrogaron una y otra vez, buscando usarlo para atrapar a Jesús en alguna falta contra la Ley. Los padres del ciego, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga, respondieron lo menos posible. Todos tenían algo que decir sobre el milagro, pero solo una respuesta importaba — la del hombre que había sido ciego.

Frente a toda la presión religiosa y social que se le vino encima, su defensa fue la más simple y la más poderosa del Nuevo Testamento:

“Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”  (Juan 9:25)

Hay una distinción que vale la pena analizar con calma:  ser salvos y ver a Jesús no es lo mismo. Hay personas que han recibido la Gracia de Dios y la comparten generosamente, y sin embargo aún no han tenido la experiencia de ver a Jesús tal como Él es — no solo saber lo que hace, sino conocer quién es Él.

Cuando solo conocemos lo que Jesús ha hecho por nosotros, tenemos un Dios que medimos por lo que nos ha dado. Un Dios que se manifiesta en experiencias personales. Pero cuando lo vemos realmente — en Su Persona, en Su Carácter, en Su Gloria — algo cambia de manera permanente en nosotros. El mundo sigue igual, pero nosotros ya no somos los mismos.

El ciego de nacimiento no lo buscó. No formuló una oración perfecta. No cumplió ningún requisito previo. Jesús pasó, lo vio, y actuó. Y después, cuando lo volvió a encontrar y se le reveló como el Hijo de Dios, el hombre respondió con adoración (Juan 9:38). No con un argumento teológico. Con adoración.

Eso es lo que ocurre cuando verdaderamente se ve a Jesús: uno no puede quedarse callado, aunque nadie nos crea. Pasó con los Dos discípulos que iban camino a Emaús, cuando fueron a contar su experiencia a los demás “ni aun a ellos creyeron” (Marcos 16:13). Pero eso no los detuvo.

Cuando has visto a Jesús, tienes que contarlo — no como obligación religiosa, sino porque simplemente no puedes no hacerlo.

¿Has visto a Jesús? No solo lo que Él ha hecho por ti. Lo has visto a Él. Si es así, lo sabrás — porque desde ese momento habrás querido que otros también lo vean.


Ver a Jesús no es el final del camino. Es el comienzo de todo.


Coram Deo



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