
“El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.” Eclesiastés 11:4
Hay una trampa silenciosa que muchos de nosotros conocemos bien: la espera. No la espera paciente y confiada en Dios, sino esa otra espera —la que nace del miedo— que nos dice: “Todavía no. Cuando esté más preparado. Cuando el momento sea el indicado. Cuando las condiciones sean perfectas.”
El problema es que ese momento nunca llega.
Eclesiastés 11:4 lo dice con una claridad que desarma: Quien vive esperando que todo esté a su favor, terminará sin haber sembrado ni cosechado nada.
El miedo disfrazado de prudencia no es virtud —es parálisis.
Y el miedo tiene muchas voces. Nos habla con frases que suenan razonables: “No estoy listo.” “No tengo suficientes recursos.” “El momento no es el adecuado.” Pero detrás de cada una de ellas late el mismo temor: miedo a fallar, a equivocarnos, a ser rechazados.
Lo sorprendente —y alentador a la vez— es que Dios nunca esperó condiciones perfectas para actuar. Tampoco esperó personas perfectas.
- Moisés confesó: “Soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10).
- Gedeón respondió: “Mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jueces 6:15).
- Abraham, a los cien años de edad, cuestionó: “¿A hombre de cien años ha de nacer hijo?” (Génesis 17:17).
Ninguno de ellos tenía las condiciones ideales. Y, sin embargo, Dios los llamó, los equipó y los usó de maneras extraordinarias. La fe —no la ausencia de obstáculos— fue lo que los hizo avanzar.
Esto es precisamente lo que Pablo nos recuerda en Romanos 8:31: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”
No dice que el camino será fácil. Dice que no estaremos solos en él. El mismo Dios que abrió el Mar Rojo y envió el maná en el desierto sigue siendo fiel. Él no ha cambiado.
Entonces:
¿Qué paso has estado aplazando? ¿Qué sueño, qué llamado, qué responsabilidad llevas esperando el momento perfecto para llevar a cabo?
Da el primer paso hoy. No porque te sientas listo, sino porque confías en que Él está a tu lado. La fe no es la certeza de que todo saldrá como lo planeaste; es la certeza de que Dios camina contigo, aunque no veas el final del camino.
Pide a Dios que fortalezca tu fe donde el miedo ha ganado terreno. Su poder, como dijo Pablo, se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9).
Planta esa semilla hoy —por pequeña que parezca— y confía en que Él producirá la cosecha a Su tiempo.
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)

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