Entregados, No Solo Interesados


“Lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.” (Éxodo 3:4)


Moisés llevaba cuarenta años pastoreando en el desierto de Madián cuando vio la zarza ardiendo. No estaba en un retiro espiritual. No estaba buscando una visión. Estaba haciendo lo de siempre — guiando el rebaño de su suegro por el desierto — cuando la zarza ardió sin consumirse y se escuchó una voz.

Su respuesta fue inmediata y sin condiciones: “heme aquí”. Esas dos palabras en hebreo — hineni — son una de las respuestas con mayor significado de toda la Escritura. No dicen “aquí estoy, ¿qué quieres?” como si fuera el inicio de una negociación. Dicen: “estoy completamente disponible, sin reservas, sin intereses propios”.

Es la misma respuesta que dio Abraham cuando Dios lo llamó para subir al monte y ofrecer a Isaac (Génesis 22:1). La misma que dio Samuel de niño en el templo (1 Samuel 3:4). Esa respuesta no expresaba un estado de ánimo; era una entrega, una condición de vida.

Hay una diferencia enorme entre estar interesado, en querer conocer más de Dios y estar entregado, dispuesto totalmente para Dios.

Los interesados en Dios acuden cuando el llamado parece importante. Los entregados a Dios están presentes siempre — para lo importante y para lo insignificante, para la tarea gloriosa y para la tarea discreta que nadie notará.

La zarza ardiente no era una casualidad o un accidente del paisaje. Era la presencia de Dios en algo ordinario — en un arbusto del desierto, en un día de trabajo común, en la rutina de un hombre que había dejado de esperar grandes cosas. Y la razón por la que Moisés pudo responder “heme aquí” sin tardar en prepararse es precisamente que ya estaba ahí, haciendo lo suyo, fiel y… listo.

La persona que está lista nunca necesita prepararse. El tiempo que perdemos “preparándonos” tras el llamado de Dios es tiempo que pagamos por la falta de disposición previa. La zarza no espera a que nos pongamos en condiciones, no espera a que estemos listos. Arde, llama… y pasa.

Dios puede llamarnos para tareas agradables o para tareas que nadie quiere hacer. Para posiciones visibles o completamente invisibles. La disposición, la entrega verdadera no tiene preferencias. Tiene una sola respuesta: “heme aquí”.

La disposición para Dios no se presenta en el momento del llamado. Se cultiva a través de los años de fidelidad en el desierto.



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