Author: Pedro Cuevas

  • ¿Has visto a Jesús?


    “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”  —Juan 9:25


    Había un hombre que había vivido toda su vida en la oscuridad. No conocía los colores del amanecer, ni el rostro de su madre, ni el camino de regreso a casa. Desde que nació, el mundo era para él solo sonidos, olores y texturas. Y un día — un día ordinario en que estaba sentado pidiendo limosna — todo cambió. No por algo que él hiciera. No porque lo buscara. Sino porque Jesús pasó por ahí y lo vio (Juan 9:1-7).

    Lo que ocurrió después es extraordinario: los vecinos no podían creer que fuera el mismo hombre. Los fariseos lo interrogaron una y otra vez, buscando usarlo para atrapar a Jesús en alguna falta contra la Ley. Los padres del ciego, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga, respondieron lo menos posible. Todos tenían algo que decir sobre el milagro, pero solo una respuesta importaba — la del hombre que había sido ciego.

    Frente a toda la presión religiosa y social que se le vino encima, su defensa fue la más simple y la más poderosa del Nuevo Testamento:

    “Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”  (Juan 9:25)

    Hay una distinción que vale la pena analizar con calma:  ser salvos y ver a Jesús no es lo mismo. Hay personas que han recibido la Gracia de Dios y la comparten generosamente, y sin embargo aún no han tenido la experiencia de ver a Jesús tal como Él es — no solo saber lo que hace, sino conocer quién es Él.

    Cuando solo conocemos lo que Jesús ha hecho por nosotros, tenemos un Dios que medimos por lo que nos ha dado. Un Dios que se manifiesta en experiencias personales. Pero cuando lo vemos realmente — en Su Persona, en Su Carácter, en Su Gloria — algo cambia de manera permanente en nosotros. El mundo sigue igual, pero nosotros ya no somos los mismos.

    El ciego de nacimiento no lo buscó. No formuló una oración perfecta. No cumplió ningún requisito previo. Jesús pasó, lo vio, y actuó. Y después, cuando lo volvió a encontrar y se le reveló como el Hijo de Dios, el hombre respondió con adoración (Juan 9:38). No con un argumento teológico. Con adoración.

    Eso es lo que ocurre cuando verdaderamente se ve a Jesús: uno no puede quedarse callado, aunque nadie nos crea. Pasó con los Dos discípulos que iban camino a Emaús, cuando fueron a contar su experiencia a los demás “ni aun a ellos creyeron” (Marcos 16:13). Pero eso no los detuvo.

    Cuando has visto a Jesús, tienes que contarlo — no como obligación religiosa, sino porque simplemente no puedes no hacerlo.

    ¿Has visto a Jesús? No solo lo que Él ha hecho por ti. Lo has visto a Él. Si es así, lo sabrás — porque desde ese momento habrás querido que otros también lo vean.


    Ver a Jesús no es el final del camino. Es el comienzo de todo.


    Coram Deo



  • ¿Por Qué No Entendemos?


    “Les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.” Marcos 9:9


    Imagínate la escena. Pedro, Jacobo y Juan llevan horas subiendo con Jesús a un monte alto y apartado. No saben exactamente a qué van — el Señor simplemente les pidió que lo acompañaran. Y entonces ocurre algo que ningún ser humano había presenciado jamás: el rostro de Jesús resplandece como el Sol, sus vestidos se vuelven blancos como la luz, y de pronto aparecen Moisés y Elías y empiezan a conversar con Él y mientras lo hacen se oye retumbar la voz del Padre desde lo alto: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd» (Mateo 17:5).

    Pedro, sin saber que hacer, habla de levantar tres enramadas. Jacobo y Juan no dicen nada — caen sobre sus rostros, llenos de temor. Cuando levantan la vista, solo ven a Jesús. Solo a Él.

    Y entonces comienzan a bajar el monte. Todavía con el corazón acelerado. Todavía procesando lo que acaban de ver. Y es mientras van bajando — entre la Gloria que acaban de presenciar y la realidad que los espera abajo — cuando Jesús les dice algo que los desconcierta:

    “No digan a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.”  (Marcos 9:9)

    Al llegar al pie del monte encuentran una situación caótica. Un padre desesperado con un hijo poseído por un espíritu inmundo. Y los nueve discípulos que se habían quedado abajo — incapaces de hacer nada.

    Mientras ellos veían la Gloria arriba; la impotencia llenaba a los discípulos abajo. La presencia de Dios en la cima del monte; la realidad brutal del mundo abajo. Ese contraste no es accidental. Es parte de la enseñanza.

    Jesús no les mandó guardar silencio porque la experiencia fuera una ilusión, ni porque quisiera ocultarla. Se los mandó porque una visión — por gloriosa que sea — no puede comunicarse de manera auténtica si la vida del que la transmite no la respalda todavía.

    Ellos habían visto la Gloria de Dios en Jesucristo. Pero aún no entendían lo que significaba. Aún no estaban listos para anunciarlo al mundo. Y Jesús lo sabía.

    Por eso les había dicho antes, en el aposento alto:

    “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.”  (Juan 16:12)

    Y es precisamente a raíz de esas palabras del Señor a los discípulos que podemos responder una pregunta muy frecuente e incómoda para nosotros: 

    ¿Por qué hay verdades de Dios que no terminamos de entender, por más que las hayamos escuchado cien veces?

    La respuesta es muy clara: no es que Dios las esconda por capricho. Es que no estamos preparados para recibirlas. 

    El entendimiento espiritual no llega como información que se acumula o entiende — llega como una experiencia que da forma a nuestra vida espiritual a medida que el Cristo resucitado se forma en nosotros.

    Tristemente hay creyentes que divulgan lo que “vieron” en el monte sin que su vida se corresponda con lo que proclaman. Han tenido una experiencia real — un momento de encuentro genuino con Dios — pero esa experiencia no ha transformado su carácter. Y entonces hay una incongruencia que todos pueden ver, menos ellos.Lo que dicen y lo que viven no coinciden. No porque sean hipócritas, sino porque el Hijo del Hombre todavía no ha resucitado plenamente en ellos.

    Cuando el Cristo resucitado se ha formado en nosotros nos transforma por dentro, las palabras de Jesús comienzan a entender con una claridad que antes no teníamos.

    Y nos preguntamos admirados: ¿Cómo no lo entendí antes? No lo entendíamos porque el Señor no se formaba en nosotros aún estábamos en el proceso de crecimiento.

    Por eso, si hay algo de la Palabra de Dios que no entiendes con claridad, no te desanimes. Pregúntate:

    • ¿Estoy en comunión real con Cristo resucitado — en la oración, en la Palabra, en la obediencia?
    • ¿Hay opiniones mías, gustos o actitudes que no he dejado que el Señor cambie?
    • ¿He vivido alguna experiencia espiritual que he compartido con otros, pero que todavía no ha transformado mi carácter?

    Aquellos tres discípulos bajaron del monte con la orden de callar. ¿Pero qué hicieron después de la Resurrección?

    Bueno, ¡Pedro predicó en Pentecostés y tres mil personas se convirtieron!

    Lo que no podían decir antes, lo dijeron después — porque ya eran diferentes, ya estaban listos. La vida de Cristo resucitado los había transformado por dentro.

    La comprensión viene. Pero viene a medida que Cristo vive en nosotros, hasta que podemos decir como el Apóstol Pablo:

    “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” (Gálatas2:20)

    Coram Deo



  • Muertos Al Pecado, Vivos A La Justicia


    “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.”
    1 Pedro 2:24


    Hoy reflexionamos sobre el corazón del Evangelio: la Cruz de Cristo no fue un accidente ni un martirio —fue el cumplimiento del propósito eterno de Dios, el momento en que Jesús recibió sobre sí mismo el juicio que el pecado merecía, y abrió el camino para que toda persona pueda tener acceso a Dios. La Cruz es el evento central de la historia universal.


    REFLEXIÓN

    Hay una tendencia a presentar la Cruz de Cristo principalmente como el ejemplo supremo de amor abnegado, o como el martirio más noble de la historia. Es necesario corregir con firmeza esa tendencia: la Cruz no fue lo que le sucedió a Jesús —fue el propósito por el que vino. Él es el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8).

    La encarnación tuvo como finalidad la redención de la humanidad desde antes de la creación.

    1 Pedro 2:24 describe lo que ocurrió en la Cruz con una precisión admirable: Él llevó nuestros pecados “en su cuerpo”. No los llevo metafóricamente, no los declaró perdonados desde una distancia segura —los cargo sobre sí mismo. Es el momento en que la santidad absoluta de Dios y la realidad del pecado humano se encontraron en el cuerpo de Cristo, el momento cuando el pecado fue vencido.

    Esta es la razón por la que la salvación es a la vez totalmente gratuita para quien la recibe y absolutamente costosa para quien la provee. No hay contradicción en eso. La gratuidad para nosotros es posible exactamente porque el costo fue pagado completamente por Dios. No hubo una repartición del costo —Dios lo pagó todo.

    Ha y algo que no debemos olvidar: el Dios que “fue manifestado en carne” es el mismo “a quien por nosotros lo hizo pecado” (1 Timoteo 3:16; 2 Corintios 5:21). La encarnación y la expiación no son dos doctrinas independientes —son dos momentos del mismo propósito redentor. Separar al Jesús histórico del Cristo expiatorio es dejar incompleto el Evangelio.

    La Cruz es el acontecimiento central de la historia universal. No es un acontecimiento entre muchos —es el acontecimiento que da significado a todos los demás. Y abrió una puerta que no se ha cerrado. Sigue abierta, sigue siendo el único camino de acceso a la unión plena con Dios, y sigue siendo la respuesta a todos los problemas del tiempo y de la eternidad.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Medita en la Cruz con la profundidad que merece —como la realidad central del universo:

    •  Lee 1 Pedro 2:24 despacio. Detente en la expresión “en su cuerpo”. Deja que el sacrificio que Cristo hizo te llene de manera personal.

    • ¿En tu presentación del Evangelio —en conversaciones, en la enseñanza, en tu testimonio personal —la Cruz ocupa el lugar central o si ha sido desplazada por otros aspectos de la redención?

    • ¿El que la salvación sea gratuita guía tus prioridades, tu gratitud, tu uso del tiempo y tus recursos?

    La Cruz no es el final de una historia de martirio —es el comienzo de una historia de victoria. Todo el peso del pecado fue llevado por Jesús en esa Cruz, y el camino hacia Dios fue abierto en ese mismo instante.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. ¿Entiendes la diferencia entre ver la Cruz como “lo que le sucedió a Jesús” y verla como “el propósito por el que vino”

    2. La salvación es gratuita porque le costó todo a Dios. ¿Saberlo produce en ti verdadera gratitud o la Gracia se ha vuelto algo común y la das por sentado?

    3. ¿Entre los que te rodean —en tu iglesia, en tu trabajo, en tus conversaciones —se presenta a Jesús separado de la expiación: el Jesús histórico, el maestro, el ejemplo, sin el Cristo que cargó el pecado?

    4. La Cruz es “la respuesta para todos los problemas de la humanidad”. ¿Esa verdad es para ti solo una declaración doctrinal o es la convicción que te ayuda a enfrentar los problemas reales de tu vida?

    Coram Deo



  • Un Costo Infinitamente Alto


    “Llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allá y oro.”
    Mateo 26:36


    Hoy vamos al corazón de Getsemaní para entender lo que allí realmente estaba en juego. La agonía de Jesús no fue simplemente el dolor anticipado de la crucifixión —fue la batalla definitiva para que nuestra salvación fuera genuinamente obra de Dios y no del esfuerzo humano. Todo lo que necesitaba el hombre para volver a tener comunión con Dios se realizó en ese huerto.


    REFLEXIÓN

    Honestamente hablando no es fácil de comprender completamente el Getsemaní. Pero sí es posible evitar caer en errores sobre lo que ahí paso. El sufrimiento en el huerto no fue principalmente el miedo a la muerte física —Jesús había declarado que había venido al mundo con el propósito de morir. El corazón de esa agonía fue algo más profundo.

    El ataque de Satanás en Getsemaní fue el mismo que en el desierto: buscar que Jesús cumpliera la misión divina por su cuenta, como un acto del Hijo del Hombre independiente, fuera de la voluntad del Padre. Si Jesús hubiera actuado desde su propia iniciativa humana —aun haciendo cosas buenas —no habría podido ser nuestro Salvador. La redención tenía que ser completamente obra de Dios para ser completamente eficaz para nosotros.

    Por eso la oración en Getsemaní fue tan intensa. Jesús, como Hijo del Hombre, tenía que mantenerse en perfecta unión con la voluntad del Padre hasta el final —no por la fuerza de su naturaleza humana sino por la completa obediencia de esa naturaleza al Padre. Esa batalla fue ganada en el huerto antes de ser pagada en la Cruz.

    Cuando el velo del Templo se rasgó de arriba abajo en el momento de la muerte de Jesús (Mateo 27:51) no fue un accidente. Fue la señal visible de lo que su agonía y su victoria habían logrado: el acceso directo de todo ser humano a la presencia de Dios. Lo que antes era exclusivo del sumo sacerdote una vez al año, ahora estaba abierto para todos, para siempre.

    La agonía la sufrió Él. El acceso lo recibimos nosotros. Y la maravillosa sencillez de nuestra salvación —que basta con creer —es posible exactamente porque el costo pagado fue infinitamente alto para Dios. Getsemaní nos recuerda que nada de lo que recibimos en Cristo fue barato.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Medita sobre lo que Getsemaní costó y lo que nos entregó:

    •  Lee Mateo 26:36-46 despacio. No para extraer principios —sino para vivir ese momento. Permite que el peso de lo que allí ocurrió impregne tu alma este día.

    •  El acceso directo a la presencia de Dios que tienes en este momento fue fundado en Getsemaní y sellado en la cruz. ¿Lo usas con la libertad y la gratitud que merece? ¿O tu vida cristiana se ha vuelto rutinaria, como si el precio que se pagó fuera insignificante?

    • Recibimos gratuitamente nuestra salvación porque fue infinitamente costosa para Dios. ¿Esa realidad ha transformado tu manera de vivir?

    Getsemaní representa la agonía que sufrió Jesús por nuestra libertad. Que ese costo nos lleve a cuidar la manera cómo usamos el acceso que Él nos compró pagando tan alto precio.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN


    1. ¿Hay algo qué ahora entiendes sobre la agonía de Getsemaní que antes no habías considerado? 

    2. La batalla de Getsemaní fue para que Jesús mantuviera su perfecta unión con la voluntad del Padre hasta el final. ¿Eso te dice algo sobre la importancia de la obediencia en tu propia vida —no como mérito personal sino como una total dependencia del Padre?

    3. El velo del Templo se rasgó para darte acceso directo a la presencia de Dios. ¿Estás usando ese acceso con la libertad y la gratitud que merece, o tu vida espiritual se ha vuelto algo rutinario y sin peso?

    4. Nuestra salvación es fácil de recibir porque fue infinitamente costosa para Dios. ¿Esa verdad orienta tu forma de vivir, o es un acto que conoces pero que no ha cambiado las prioridades de tu vida?

    5. ¿Hay algo en tu vida que estás intentando lograr por tu propia fuerza, sin seguir la dirección del Padre —similar a la tentación satánica que Jesús enfrento en el Getsemaní?

    Coram Deo



  • ¡Confiad!


    “He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”
    Juan 16:32-33


    La Reflexión de hoy nos muestra que la fe genuina y permanente no se construye sobre sentimientos ni sobre bendiciones “externas” —sino sobre Cristo mismo. El proceso por el que Dios lleva a sus hijos a esa fe es muchas veces desconcertante: permite que sean “esparcidos”, que experimenten el vacío, que sientan la ausencia de las bendiciones externas. Es en ese proceso donde la fe se vuelve real.


    REFLEXIÓN

    En Juan 16:32, Jesús no reprende a sus discípulos por su fe débil —reconoce que su fe era verdadera, pero confiesa también que era confusa y desenfocada. Los discípulos creían, pero su fe estaba atada a sus expectativas sobre qué debía hacer y cómo debía actuar el Mesías. Y cuando las circunstancias no coincidieron con esas expectativas, se dispersaron.

    Esa es precisamente la fe que “solo se sustenta en sentimientos y bendiciones”. No es una fe falsa —es una fe incompleta. Es la fe del creyente que ama a Dios genuinamente pero que todavía no ha aprendido a sostenerse en Dios independientemente de las circunstancias que viva. La manera en que Dios completa esa fe es permitiendo la aridez y el vacío espiritual.

    Este vacío —la soledad, la sensación de estar perdidos, la ausencia de las bendiciones externas—no es disciplina por el pecado. Es el proceso por el que la fe aprende a sostenerse en Dios mismo y no en lo que Dios da. Es la diferencia entre una fe que funciona cuando todo va bien y una fe que permanece cuando nada va bien.

    Juan 16:33 es el ancla que sostiene ese proceso: “confiad, yo he vencido al mundo.” No dice confiad porque las circunstancias mejorarán” ni “confiad porque entenderéis el plan” —sino confiad porque yo he vencido. La victoria de Cristo es el fundamento de la paz verdadera, no las circunstancias externas.

    Quienes son capaces de esperar a que Dios actúe —sin forzar el proceso, sin exigir las bendiciones externas como prueba de su presencia —descubren que su fe se ha vuelto firme, madura. No porque las dificultades desaparezcan, sino porque han aprendido a alabar a Dios en medio de ellas.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Para vivir la fe que se sostiene en Cristo y no en las circunstancias:

    •  Identifica áreas de tu vida donde tu fe está condicionada a las circunstancias —donde confiar en Dios es fácil cuando las cosas van bien, pero se vuelve difícil cuando las circunstancias cambian. Reconocer esas áreas es el primer paso.

    •  Si estás atravesando un período de vacío o aridez espiritual, resístete a la tentación de buscar una explicación o una salida rápida. En cambio, pregúntale a Dios: ¿qué estás haciendo en mí a través de esto? Esa pregunta cambia tu forma de ver lo que estas viviendo.

    •  Medita en Juan 16:33. No como unas palabras de aliento, sino como una realidad en tu vida: Cristo ya ha vencido. Esa victoria no depende de cómo te sientas ni de cómo estén tus circunstancias.

    La fe que prevalece no se recibe —se forja. Y el fuego que la forja es muchas veces el vacío, la dispersión y la ausencia de las bendiciones externas a las que nos habíamos acostumbrado. Si al estar en medio de esas experiencias confiamos en la victoria de Cristo sobre el mundo, alcanzaremos una fortaleza espiritual que ninguna circunstancia puede sacudir.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. ¿Puedes identificar en tu vida de fe áreas donde es “confusa y desenfocada” —donde está basada en tus expectativas sobre Dios que en Dios mismo? 

    2. ¿Has experimentado un período de vacío o dispersión espiritual? ¿Cómo respondiste —con resistencia y búsqueda de salida rápida, o con disposición a esperar a que Dios mostrara su obra?

    3. ¿Tienes la capacidad de esperar en Dios sin apresurar las circunstancias ni exigir bendiciones externas como prueba de su presencia?

    4. ¿Está tu fe sustentada en Dios mismo o en lo que Dios te da? ¿Cómo sabes cuál de los dos describe mejor tu situación actual?

    5. Juan 16:33 dice “confiad, yo he vencido al mundo”. ¿Esa declaración es para ti el fundamento real de tu fe o es un solo un versículo que todavía no ha producido en ti la fortaleza espiritual que describe?

    Coram Deo



  • ¡Oh, Si También Tú Conocieses!

    ForestElias Ramirez (Acrílico sobre tela)
    (Grupo Intersecundarios – Iglesia Getsemaní – SLC, UT)

    “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.”
    Lucas 19:42


    Hoy recordamos el llanto de Jesús sobre Jerusalén —una ciudad que en ese momento estaba llena de actividad religiosa pero que no reconocía lo que se le ofrecía. La pregunta que Jesús hace a Jerusalén nos la hace también a nosotros: ¿hay algo que está cegando tu corazón y te impide ver lo que Dios tiene para ti?


    REFLEXIÓN

    Jesús entra en Jerusalén en medio de aclamaciones. La ciudad está exultante. Sin embargo Él llora. Llora porque puede ver lo que la multitud no puede ver: que en medio de toda esa actividad religiosa hay un “dios extraño” —el orgullo de los fariseos —que está cerrando los ojos de la ciudad a lo que se le está ofreciendo.

    Un dios extraño no es necesariamente algo monstruoso o repugnante. Puede ser algo que parece correcto —incluso religioso —pero que en realidad está controlando la vida desde adentro. El orgullo religioso es particularmente peligroso porque se disfraza de celo por Dios. Los fariseos creían genuinamente que estaban sirviendo a Dios mientras… rechazaban al Hijo de Dios!

    Las palabras de Jesús en Lucas 19:42 no son solo una descripción —son un lamento. “¡Oh, si también tú conocieses!” Hay una tristeza infinita en esa exclamación: la tristeza de quien ve claramente lo que podría ser y lo que no será por causa del endurecimiento voluntario. Y el “mas ahora está encubierto de tus ojos” señala la razón: la ceguera no fue impuesta desde afuera, fue producida por no haber entregado la vida a Dios.

    Hay puertas que Dios no vuelve a abrir. No porque sea cruel, sino porque nuestra libertad implica que nuestras decisiones tienen consecuencias reales. Las oportunidades no aprovechadas no simplemente desaparecen —dejan una marca. 

    Pero hay algo consolador: Dios abre otras puertas, y es capaz de transformar en enseñanzas de crecimiento incluso aquellas oportunidades que desaprovechamos.

    ¿Qué está cegándote hoy —en este tu día —para no ver la paz de Dios? ¿Hay un dios extraño —el corazón no entregado a Dios, una puerta que no has abierto, orgullo espiritual, etc. —que está produciendo esa ceguera?


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Pide al Espíritu Santo que revele lo que está encubierto en tus ojos:

    •  Busca en oración a Dios y pregúntale: ¿hay algo que está controlando mi vida que no he rendido completamente a ti —algo que está cegando mi vista de tu paz y tus propósitos? 

    •  Si hay una oportunidad que sientes que dejaste pasar —una dirección de Dios que no seguiste, un acto de obediencia que no realizaste — llévala ante Dios y pídele que la convierta en una enseñanza de crecimiento.

    •  Examina si hay áreas de tu vida espiritual que parecen sujetas a Dios pero que en realidad están controladas por el orgullo, la opinión de otros o la necesidad de reconocimiento. Esos son los “dioses extraños” más peligrosos.

    Si bien Jesús lloró sobre lo que podría haber sido de la ciudad de Jerusalén, no se detuvo ahí. Ahora Él abre nuevas puertas y redime lo que se había perdido. La condición es dejar atrás lo que todavía estamos reteniendo y nos impide conocerle plenamente.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. ¿Hay algo en tu vida que esté “encubriendo tus ojos” —impidiendo que veas la paz de Dios y sus propósitos con claridad? 

    2. El “dios extraño” de Jerusalén era el orgullo religioso —algo que parecía devoción pero que en realidad impide ver a Cristo. ¿Hay algo en tu vida espiritual que tiene la apariencia de la devoción pero que en realidad está controlado por el orgullo o la necesidad de reconocimiento?

    3. La ceguera espiritual de Israel fue producida por no haber entregado la vida a Dios. ¿Hay áreas de tu vida —hábitos, actitudes, deseos —que todavía no has entregado a Dios? 

    4. ¿Hay puertas en tu vida que sientes que se cerraron por no haber respondido a tiempo a la dirección de Dios? 

    5. Jesús lloraba sobre Jerusalén por lo que podría haber sido. ¿Hay algo en tu propia vida por lo que sientes que Jesús se entristece —algo que todavía estas a tiempo de cambiar “en este tu día”?

    Coram Deo



  • La Única Razón

    SunsetBrenda Ochoa (Acrílico sobre tela)
    (Grupo Intersecundarios – Iglesia Getsemaní – SLC, UT)

    “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.”
     1 Corintios 2:2


    La Reflexión de hoy nos presenta el nivel más alto del ministerio cristiano: que Jesucristo sea la razón suprema y única de la vida. No una entre varias, no la más importante de una lista —sino la única, la que le da sentido a todo. La prueba de si alguien es espiritual no está en su conocimiento ni en su actividad, sino en si Cristo es el centro sobre el que gira su vida.


    REFLEXIÓN

    Cuando Pablo perdió la vista en el camino a Damasco y la recuperó en casa de Ananías, algo más que la visión física fue restaurada: su visión espiritual fue completamente reorientada. Desde ese momento, una sola realidad absorbió toda su mente y toda su energía —Jesucristo. 

    1 Corintios 2:2 es una de las declaraciones más radicales del Nuevo Testamento. Pablo, un hombre de enorme cultura y capacidad intelectual, decide deliberadamente no saber “cosa alguna” excepto a Cristo crucificado. No es ignorancia —es enfoque total. Es la decisión consciente de no permitir que ningún otro tema, por importante que sea, capture la atención de su alma de la manera en que Cristo la captura.

    Ese enfoque total tiene una consecuencia directa sobre la vida cristiana: quien vive así puede explicarles a otros los propósitos de Dios con claridad y sinceridad, porque lo que comparte no es teoría sino experiencia.

    El hombre verdaderamente espiritual es alguien cuya “razón de ser suprema es Jesucristo” —algo que se nota en su forma de hablar, de servir y sobre todo en la forma de reaccionar ante las circunstancias.

    El objetivo de esta Reflexión es concreto y un poco incómodo: si otras cosas ejercen cada vez más dominio sobre tu vida —ideas, ministerios, causas, personas, experiencias —eso es una señal de que algo ha comenzado a desplazar a Cristo del centro. Y eso es peligroso para tu vida espiritual, no porque esas cosas sean malas necesariamente, sino porque ninguna puede ocupar el lugar que solo a Él le pertenece.

    La pregunta no es si Cristo ocupa un lugar importante en nuestra vida. La pregunta es si ocupa el único lugar que importa —si todo lo demás gira alrededor de Él, o si Él gira alrededor de lo demás.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Examina qué está capturando la atención de tu alma:

    • ¿Qué es lo que más ocupa tu mente cuando no estás ocupado? La respuesta a esa pregunta revela cuál es la razón de ser real de tu alma en este momento.

    •  Identifica si hay algo —una causa, un proyecto, una idea, una preocupación, una relación —que haya comenzado a ejercer más fascinación sobre tu vida que Cristo mismo. 

    •  Medita en un texto de los evangelios —no para extraer principios, sino para contemplar a Jesús directamente. Deja que el texto te lleve a la Persona, no a la doctrina sobre la Persona.

    La gloria incomparable de Cristo no acepta competidores —solo necesita espacio. Cuánto espacio le das en tu atención, en tu conversación y en tu afecto determina cuán espiritual eres realmente.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. ¿Puedes decir honestamente que la pasión suprema de tu vida es Jesucristo —no su doctrina, no sus beneficios, no su iglesia, sino Él mismo? 

    2. Pablo decidió deliberadamente no saber cosa alguna excepto a Cristo crucificado. ¿Hay temas, causas o preocupaciones que actualmente capturan más tu atención que Cristo mismo? 

    3. La Reflexión afirma que si otras cosas, en lugar de Jesucristo, ejercen cada vez más fascinación sobre una vida, eso indica que esa persona no es espiritual. ¿Cómo esta tu vida a la luz de esa afirmación? 

    4. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con alguien sobre Cristo mismo —no sobre teología, no sobre la iglesia, no sobre experiencias espirituales, sino sobre quién es Él? 

    5. ¿Qué cambiaría en tu vida personal o ministerio si Cristo fuera la razón suprema de tu vida —no una entre varias, sino la única que lo orienta todo?

    Coram Deo



  • ¿Eres Insensible Hacia Los Demás?

    “Planeta”Abdiel Laces (Acrílico sobre tela)
    (Grupo Intersecundarios – Iglesia Getsemaní – SLC, UT)

    “Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.”
    Romanos 8:34


    Hoy veremos el argumento más sólido posible para la intercesión: Que Cristo mismo intercede continuamente por nosotros, y que el Espíritu Santo intercede en nosotros. Si ellos interceden, ¿no deberíamos nosotros participar en esa misma obra? La pregunta de fondo es si nuestra vida está lo suficientemente unida a Dios como para ser sensibles a las luchas y necesidades de las personas que Él pone en nuestro camino.


    REFLEXIÓN

    Romanos 8:34 y Romanos 8:27 presentan una imagen extraordinaria: Cristo a la diestra del Padre intercediendo por nosotros, y el Espíritu Santo intercediendo en nosotros. La intercesión no es una práctica opcional —es la actividad permanente de la Trinidad a favor de la humanidad. Cuando intercedemos, nos unimos a lo que ya está ocurriendo en el corazón de Dios.

    Y sin embargo, a pesar de esta hermosa realidad, muchos seguimos siendo insensibles a las personas que Dios pone en nuestro camino. El problema no es falta de conocimiento —es que las circunstancias y las cargas de la vida nos han apartado de la comunión con Dios. Y cuando nos alejamos de Él, perdemos la sensibilidad para ver a las personas como Dios las ve.

    Hay un patrón que todo creyente con cierta experiencia conoce: las crisis que nos rodean —en la familia, en el trabajo, en la iglesia, etc. —producen opresión. El tiempo se nos escapa. La comunión queda desplazada. Y entonces, en lugar de ser intercesores, nos convertimos en personas que “dan un versículo rápido” o “unos consejos a toda prisa” —sin cariño, sin interés genuino, sin la visión de Cristo.

    Hay también un error en el que caemos con frecuencia: intentar adelantarnos a Dios con nuestros propios deseos de hacer su voluntad. Actuamos, organizamos, intervenimos —y terminamos sobrecargados con personas y problemas mientras que la comunión ha desaparecido. Esa sobrecarga sin comunión produce dureza hacia Dios y desesperación en el alma.

    Debemos preguntarnos: ¿está nuestra vida espiritual en condiciones de poder unirnos en la intercesión de Cristo y del Espíritu Santo por nuestros hermanos? No se trata de tener más energía ni más tiempo —se trata de mantener la comunión con Dios como el fundamento desde el que todo lo demás fluye.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    •  Identifica las circunstancias que actualmente más te están apartando de la comunión y la intercesión —las cargas, las presiones, las actividades que consumen tu tiempo y energía. Busca cómo poner punto final a esas distracciones, aunque sea parcialmente, para recuperar ese espacio.

    •  Piensa en la última vez que alguien con una necesidad se acercó a ti. ¿tu respuesta fue de un interés sincero como resultado de tu comunión con Dios, o fue una respuesta rápida —un versículo, un consejo, una oración breve —sin verdadero interés? 

    •  Antes interceder por alguien, toma un momento de oración para preguntar: ¿Cómo está intercediendo Cristo por esta persona? ¿Cómo puedo participar en eso? 

    Un cristiano insensible —que da versículos rápidos y consejos a prisa, sin interés —no es el resultado de mala voluntad, sino de una falta de comunión con Dios. La solución no consiste en esforzarse más, sino volver a una relación íntima con el Señor.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. Cristo intercede continuamente por nosotros y el Espíritu intercede en nosotros. ¿Esa realidad orienta activamente tu vida de oración, o es una verdad que conoces pero que no ha transformado tu vida de oración?

    2. ¿Hay circunstancias actuales en tu vida que te están apartando de la comunión con Dios —que consumen tu tiempo y energía hasta el punto de no dar lugar a una intercesión genuina

    3. ¿Puedes identificar momentos recientes en que respondiste a la necesidad de alguien de manera insensible —rápida, sin interés genuina, lejos de la voluntad del Señor? 

    4. Existe el peligro de adelantarnos a Dios con nuestras maneras propias de hacer Su voluntad, terminando sobrecargados y sin verdadera comunión. ¿Estas viviendo algo así en tu vida de ministerio o servicio?

    5. ¿Está tu vida en condiciones de poder unirse en la intercesión de Cristo y del Espíritu Santo por nuestros hermanos? 

    Coram Deo



  • ¿Hipócritas Espirituales?

    “Mar” por Sophia Reyes (Acrílico sobre tela)
    (Grupo de Intersecundarios –Iglesia Getsemaní – Salt Lake City, UT)

    “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida…”
     1 Juan 5:16


    Esta Reflexión nos confronta con uno de los usos más comunes y peligrosos del discernimiento espiritual: emplearlo para criticar en lugar de interceder. Dios nos revela las debilidades y pecados de otros no para que los juzguemos sino para que los llevemos en oración. Cuando usamos ese discernimiento de otra manera, nos convertimos en hipócritas espirituales.

    REFLEXIÓN

    1 Juan 5:16 contiene una instrucción que muchos conocen, pero pocos practican: cuando ves a un hermano pecar, la respuesta correcta es orar por él, no comentarlo. Esa instrucción asume algo importante: que el discernimiento sobre los demás tiene un destino específico, y que cuando lo desviamos de ese destino, nos corrompemos nosotros mismos.

    El peligro es sutil. El discernimiento espiritual —la capacidad de ver dónde fallan otros, de percibir lo que está mal en una situación o en una vida —es un don del Espíritu Santo. Pero ese don tiene una sola función correcta: llevarnos a interceder. Cuando lo usamos para hacer comentarios, criticar o convertirnos en árbitros espirituales de la vida ajena, hemos tomado algo que Dios nos dio para el bien de otra persona y lo hemos convertido en veneno para nosotros mismos.

    Hay una señal clara de que estamos cayendo en la hipocresía espiritual: cuando invertimos más energía en intentar poner a las personas en el buen camino con Dios que en adorar a Dios nosotros mismos. La urgencia de corregir a otros puede convertirse en una manera disfrazada de evitar la propia vida de oración.

    Lo que el Espíritu Santo quiere hacer con ese discernimiento es darnos la capacidad de entender la mente de Cristo con relación a la persona en pecado para que podamos interceder de acuerdo con lo que Dios quiere darle. No somos nosotros quienes ponemos a Dios en contacto con nuestros pensamientos —es Dios quien comparte sus pensamientos con nosotros sobre aquellos por quienes oramos.

    La pregunta que la Reflexión nos deja es directa: ¿Jesucristo puede ver que nos duele la condición de esa persona? Esa agonía —esa carga genuina por las personas —solo es posible cuando nos identificamos íntimamente con Jesús hasta el punto de ver a los demás a través de sus ojos, no con los nuestros.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    • Cada vez que notes una debilidad o un pecado en alguien —ya sea en conversación, en observación directa o en lo que alguien te cuente —detente antes de comentarlo o analizarlo con otros. Llévalo directamente a Dios en oración por esa persona.

    • ¿Hay personas en tu vida sobre quienes tienes conocimiento de su pecado, pero por quienes oras poco? Esa es una señal de que el discernimiento está siendo usado para el propósito equivocado.

    •  Antes de tu tiempo de oración de intercesión, toma un momento para adorar y pregunta: ¿Qué piensa Cristo sobre esta persona? Deja que esa respuesta —no lo que tu piensas —te indique lo que pides por la persona.

    El discernimiento que no lleva a la intercesión nos corrompe. El discernimiento que nos lleva a interceder nos conforma a la imagen de Cristo.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. ¿Hay personas sobre las que el discernimiento espiritual te indica interceder pero por quienes oras poco o nada?

    2. El discernimiento espiritual puede convertirse en hipocresía cuando se usa para criticar en lugar de interceder. ¿Paso esto en tu vida de oración?

    3. ¿Has experimentado la diferencia entre orar por alguien desde tu propio entendimiento de su situación, y orar por esa persona desde el discernimiento que Dios te da?

    4. Podemos caer en el error de invertir más energía en corregir a otros que en pedir discernimiento a Dios para interceder por ellos.

    5. ¿Puede Jesucristo ver en ti el dolor que produce el pecado de aquellos que te rodean?

    Coram Deo



  • ¿Intercedemos o Solamente Pedimos?

    “Noche” por Litzy Niño (Acrílico sobre tela)
    (Grupo de Intersecundarios Iglesia Getsemaní – Salt Lake City, UT)

    “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.”
    Filipenses 2:5 


    La Reflexión de hoy nos confronta con una pregunta directa sobre nuestra vida de oración: ¿estamos intercediendo genuinamente, o simplemente presentando peticiones? La intercesión verdadera no comienza con nuestras intenciones —comienza con adoración, con conocer los pensamientos de Cristo sobre aquellos por quienes oramos. Sin esa adoración, la oración se vuelve rígida, impositiva y fría.


    REFLEXIÓN

    Isaías 59:16 muestra algo que nos obliga a meditar seriamente: Dios miró y se maravilló de que no hubiera nadie que se interpusiera contra la maldad. No encontró un intercesor. Eso no significa que no hubiera personas que oraban —significa que la mayoría oraba de una manera que no era verdadera intercesión. La diferencia es fundamental.

    La intercesión genuina no comienza con nuestra lista de peticiones. Comienza con la adoración —con llevar la mente y el corazón hasta el punto de conocer los pensamientos de Cristo sobre la persona o situación por la que oramos. Filipenses 2:5 lo expresa con precisión: “haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.” Interceder es, en esencia, pensar como Cristo piensa sobre aquello por lo que pedimos.

    El problema es que muchos sustituimos esa acción con algo más cómodo: un interés emocional en la oración. Nos gusta cómo nos hace sentir. Apreciamos la calma que produce, la sensación de haber cumplido. Pero eso es muy diferente a pararse delante de Dios como intercesor —a llevar sobre nuestros hombros la carga de otra persona hasta llegar a verla como Cristo la ve.

    Hay otra forma de oración que tampoco es intercesión: la que impone. La que lanza peticiones hacia el trono de Dios como órdenes, la que le explica a Dios cómo debe resolver una situación, la que compite con Él por qué Su plan no parece suficiente. Esa actitud no es fe —es dureza espiritual. Y esa dureza, cuando se instala en la oración, termina produciéndose también en las relaciones: quien es rígido con Dios termina siendo insensible con las personas.

    La adoración y la intercesión son inseparables. No es posible interceder genuinamente por alguien sin primero haber adorado —sin haber llegado a la presencia de Dios, sin haber comprendido la mente de Cristo. La adoración es lo que abre el acceso a los pensamientos de Dios sobre aquellos por quienes oramos. Sin ella, solo estamos hablando de nosotros mismos.

    Y el llamado es concreto: si notas que falta intercesión genuina —en la iglesia, en tu familia, en tu comunidad —no te límites a lamentarlo. Sé tú esa persona. La intercesión es trabajo arduo, demanda toda la energía, pero tiene algo que ningún otro ministerio tiene: no esconde trampas. Es el ministerio más seguro y necesario que existe.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    •  Antes de presentar cualquier petición a Dios, dedica al menos cinco minutos a adorar —no como fórmula, sino como una búsqueda sincera de Su presencia. Que la adoración preceda a la petición. Podrás observar cómo cambia la calidad de lo que pides al orar.

    •  Elige a una persona por quien vas a interceder. No solo llevarla en oración —sino dedicar tiempo para preguntarle a Dios: ¿qué piensas sobre esta persona? ¿Qué necesita realmente? Deja que su respuesta —aunque llegue gradualmente —oriente lo que pides por ella.

    •  Examina honestamente tu vida de oración: ¿Esta compuesta de adoración e intercesión, o es una lista de peticiones propias? 

    La intercesión genuina no es el ministerio más visible —pero es el más necesario y el más seguro. Y Dios todavía busca intercesores.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. Isaías 59:16 dice que Dios se maravilló de que no hubiera quien se interpusiera contra el mal. ¿Crees que esa misma actitud describe la situación de tu iglesia, tu familia o tu entorno en este momento? ¿Qué está faltando en términos de verdadera intercesión?

    2. Si la intercesión es elevarse hasta el punto de conocer los pensamientos de Cristo sobre la persona por quien se ora. ¿Oras por otros de esa manera, o solamente expresas tus propios deseos para esa persona?

    3. ¿Has experimentado la diferencia entre orar después de adorar —de llegar a la presencia de Dios —y orar desde la urgencia o la lista de peticiones?

    4. La dureza con Dios en la oración produce insensibilidad hacia las personas. ¿Has vivido momentos en que tu rigidez en la oración se ha convertido en dureza en tus relaciones con los demás?

    5. Si nadie más intercede verdaderamente, ¿estarías dispuesto a ser tú esa persona? 

    Coram Deo