Templo de Dios


“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”  1 Cor. 3:16


Hay una metáfora que Pablo usa en 1 Corintios 3:16 que merece atención especial: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” La imagen del templo no era abstracta para los creyentes del primer siglo. Ellos sabían lo que era un templo: un lugar construido con un propósito único, consagrado enteramente a la presencia de Dios, donde nada que no fuera de Dios tenía cabida.

Cuando Salomón dedicó el Templo de Jerusalén, la presencia de Dios lo llenó de tal manera que los sacerdotes no podían ni entrar (1 Reyes 8:10-11). No había rincones reservados para otros usos. No había divisiones entre lo sagrado y lo ordinario. Era todo o nada.

Y esta realidad nos lleva a entender por qué el Espíritu Santo no puede ser aceptado como un huésped que se limite a una sola habitación de la casa. Él tiene que ocuparlo todo. Y si no lo ocupa todo, algo se le está resistiendo — y ese algo es siempre la voluntad que no ha tomado todavía la decisión de Romanos 6 de crucificar el pecado.

La resurrección de Jesús dice Pablo, no fue solo la victoria sobre la muerte. Fue el acontecimiento que le dio autoridad al Espíritu Santo para transmitir esa vida de Dios a quienes creen. La vida que está en Jesús — la misma, no una copia — puede habitar en nuestro cuerpo mortal. Eso es lo que Pablo llama “la semejanza de su resurrección”.

“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”  (Romanos 8:11)

Esto no es misticismo. Es la consecuencia lógica de la identificación con la muerte y resurrección de Cristo. Cuando el viejo hombre es crucificado, el Espíritu no encuentra resistencia. Entra, y lo llena todo. Y entonces se inicia algo extraordinario: Jesús transforma la vida del creyente ante Dios. No corrige la apariencia. La transforma desde adentro.

La santidad que Pablo describe aquí no es una lista de cosas que se hacen y cosas que no se hacen. Es la santidad de Jesús — que Dios pone en nosotros. Solo hay una verdadera santidad: la de Él. Y esa es la que se nos ha dado.

La responsabilidad del creyente, en todo esto, es una sola: andar en la luz y obedecer lo que el Espíritu revela. No es producir santidad. Es recibirla y vivirla.

El Espíritu no busca mejorar al viejo hombre. Busca habitarlo todo — y para eso, el viejo hombre tiene que haber muerto.

Coram Deo



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