
“Les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.” Marcos 9:9
Imagínate la escena. Pedro, Jacobo y Juan llevan horas subiendo con Jesús a un monte alto y apartado. No saben exactamente a qué van — el Señor simplemente les pidió que lo acompañaran. Y entonces ocurre algo que ningún ser humano había presenciado jamás: el rostro de Jesús resplandece como el Sol, sus vestidos se vuelven blancos como la luz, y de pronto aparecen Moisés y Elías y empiezan a conversar con Él y mientras lo hacen se oye retumbar la voz del Padre desde lo alto: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd» (Mateo 17:5).
Pedro, sin saber que hacer, habla de levantar tres enramadas. Jacobo y Juan no dicen nada — caen sobre sus rostros, llenos de temor. Cuando levantan la vista, solo ven a Jesús. Solo a Él.
Y entonces comienzan a bajar el monte. Todavía con el corazón acelerado. Todavía procesando lo que acaban de ver. Y es mientras van bajando — entre la Gloria que acaban de presenciar y la realidad que los espera abajo — cuando Jesús les dice algo que los desconcierta:
“No digan a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.” (Marcos 9:9)
Al llegar al pie del monte encuentran una situación caótica. Un padre desesperado con un hijo poseído por un espíritu inmundo. Y los nueve discípulos que se habían quedado abajo — incapaces de hacer nada.
Mientras ellos veían la Gloria arriba; la impotencia llenaba a los discípulos abajo. La presencia de Dios en la cima del monte; la realidad brutal del mundo abajo. Ese contraste no es accidental. Es parte de la enseñanza.
Jesús no les mandó guardar silencio porque la experiencia fuera una ilusión, ni porque quisiera ocultarla. Se los mandó porque una visión — por gloriosa que sea — no puede comunicarse de manera auténtica si la vida del que la transmite no la respalda todavía.
Ellos habían visto la Gloria de Dios en Jesucristo. Pero aún no entendían lo que significaba. Aún no estaban listos para anunciarlo al mundo. Y Jesús lo sabía.
Por eso les había dicho antes, en el aposento alto:
“Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.” (Juan 16:12)
Y es precisamente a raíz de esas palabras del Señor a los discípulos que podemos responder una pregunta muy frecuente e incómoda para nosotros:
¿Por qué hay verdades de Dios que no terminamos de entender, por más que las hayamos escuchado cien veces?
La respuesta es muy clara: no es que Dios las esconda por capricho. Es que no estamos preparados para recibirlas.
El entendimiento espiritual no llega como información que se acumula o entiende — llega como una experiencia que da forma a nuestra vida espiritual a medida que el Cristo resucitado se forma en nosotros.
Tristemente hay creyentes que divulgan lo que “vieron” en el monte sin que su vida se corresponda con lo que proclaman. Han tenido una experiencia real — un momento de encuentro genuino con Dios — pero esa experiencia no ha transformado su carácter. Y entonces hay una incongruencia que todos pueden ver, menos ellos.Lo que dicen y lo que viven no coinciden. No porque sean hipócritas, sino porque el Hijo del Hombre todavía no ha resucitado plenamente en ellos.
Cuando el Cristo resucitado se ha formado en nosotros nos transforma por dentro, las palabras de Jesús comienzan a entender con una claridad que antes no teníamos.
Y nos preguntamos admirados: ¿Cómo no lo entendí antes? No lo entendíamos porque el Señor no se formaba en nosotros aún estábamos en el proceso de crecimiento.
Por eso, si hay algo de la Palabra de Dios que no entiendes con claridad, no te desanimes. Pregúntate:
- ¿Estoy en comunión real con Cristo resucitado — en la oración, en la Palabra, en la obediencia?
- ¿Hay opiniones mías, gustos o actitudes que no he dejado que el Señor cambie?
- ¿He vivido alguna experiencia espiritual que he compartido con otros, pero que todavía no ha transformado mi carácter?
Aquellos tres discípulos bajaron del monte con la orden de callar. ¿Pero qué hicieron después de la Resurrección?
Bueno, ¡Pedro predicó en Pentecostés y tres mil personas se convirtieron!
Lo que no podían decir antes, lo dijeron después — porque ya eran diferentes, ya estaban listos. La vida de Cristo resucitado los había transformado por dentro.
La comprensión viene. Pero viene a medida que Cristo vive en nosotros, hasta que podemos decir como el Apóstol Pablo:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” (Gálatas2:20)
Coram Deo

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