Miércoles de Descanso



Mateo 26:6–16  y  Marcos 14:3–11


Hay ocasiones en que todo el drama humano puede desarrollarse en una sola habitación en un mismo día. Es miércoles y Jesús y sus discípulos están en Betania, la pequeña aldea al otro lado del Monte de los Olivos donde viven sus amigos más cercanos. Esa noche cenan en casa de Simón el leproso —alguien que muy probablemente había sido sanado por Jesús, y cuya casa ahora es lugar de reunión y celebración. En torno a esa mesa están los doce, y uno de ellos ya ha tomado una decisión que va destrozarles el corazón y que ningún otro conoce todavía.

Lo que ocurre esa noche es una de las escenas más ricas y desgarradoras del Nuevo Testamento: el acto de devoción más extraordinario que se recuerde, seguido casi de inmediato por la traición más vergonzosa de la historia.


El perfume de nardo derramado (Mr. 14:3–9)

Marcos es el que nos da los detalles más vivos de la unción. Mientras están a la mesa, entra una mujer con un frasco de alabastro lleno de perfume de nardo puro, de gran precio. Sin decir una palabra, quiebra el frasco y derrama todo el contenido sobre la cabeza de Jesús.

El gesto es total. No vierte unas gotas con cuidado: quiebra el frasco. No hay manera de recuperar lo derramado. No hay posibilidad de arrepentirse a mitad del camino. Es un acto irreversible, y eso es precisamente lo que lo hace tan poderoso.

Marcos nos da el dato económico con precisión: el perfume valía más de trescientos denarios, el equivalente al salario de un año completo de trabajo. Juan 12:3 añade que era “nardo puro”, un perfume importado del Himalaya que llegaba a Palestina en rutas comerciales largas y costosas. Lo que esa mujer derramó sobre Jesús representaba, en términos modernos, los ahorros de toda una vida.

“Y había allí un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.” (Mr. 14:3)

La reacción de los presentes fue inmediata e indignada. Marcos dice que “hubo algunos que se enojaron dentro de sí” (Mr. 14:4); Mateo dice que fueron los discípulos quienes protestaron: «¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres» (Mt. 26:8–9). El argumento suena razonable, incluso piadoso. Pero Jesús lo rechaza con firmeza:

“¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra… Al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.” (Mt. 26:10, 12–13)

Jesús ve lo que los demás no ven. Ellos calculan el valor del perfume en dineros. Él lo calcula en amor. Ellos piensan en los pobres del presente. Él piensa en su propia sepultura, que llegará en menos de setenta y dos horas. Ellos ven desperdicio. Él ve adoración.

Y luego pronuncia una de las frases más sorprendentes de todos los evangelios: este acto será contado en todo el mundo, dondequiera que se predique el evangelio. Una mujer anónima, en una cena privada en una aldea pequeña, realizaría un acto que sería recordado por todas las generaciones hasta el fin del tiempo. Dos mil años después, aquí estamos hablando de ella.

Mateo no nos da el nombre de la mujer. Marcos tampoco. Juan, que ubica la escena unos días antes y la presenta con algunas diferencias, la identifica como María, la hermana de Lázaro. Lo que los evangelios sí dejan absolutamente claro es la razón de su acción: no fue un impulso, no fue exhibicionismo, no fue ignorancia del valor del perfume. Fue amor. Amor que no calcula. Amor que no reserva. Amor que quiebra el frasco y lo da todo.

Los discípulos vieron desperdicio. Jesús vio adoración. La diferencia estaba en quién miraba con ojos de amor.


Las treinta monedas (Mt. 26:14–16)

Mateo conecta los dos episodios con una palabra que en el original griego es tóte — “entonces”, ‟en ese momento”. La secuencia es deliberada: inmediatamente después de la unión y de la represión de Jesús a quienes protestaron, Judas toma su decisión.

“Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata.” (Mt. 26:14–15)

Treinta piezas de plata. Era el precio de un esclavo según la ley mosaica (Ex. 21:32), y una cifra que el profeta Zacarias había mencionado siglos antes en un contexto de rechazo y desprecio (Zac. 11:12–13). No era una fortuna: era una cantidad deliberadamente insulsa para el que era llamado Maestro por miles de personas. Los sumos sacerdotes no estaban comprando información valiosa; estaban poniendo precio al rechazo.

Juan 12:6 nos revela algo que los demás discípulos probablemente no sabían en ese momento: Judas era el que tenía la bolsa del grupo, y acostumbraba a robar de ella. El hombre que protestó porque el perfume podía haberse “dado a los pobres” no estaba preocupado por los pobres: estaba calculando lo que no entraría en su propio bolsillo.

Pero reducir a Judas a un simple ladrón codicioso sería perder la profundidad de lo que Mateo nos está mostrando. Judas había caminado tres años con Jesús. Había escuchado el Sermón del Monte, había visto los milagros, había predicado y expulsado demonios en el nombre de Jesús (Mt. 10:1). Conocía a Jesús mejor que casi todo el mundo. Y precisamente por eso su traición es tan escalofriante: no fue la traición de un desconocido sino la de un íntimo.

Lo que ocurrió esa noche en Betania fue quizás el detonador final. Mientras la mujer derramaba todo lo que tenía sobre Jesús sin pedir nada a cambio, Judas hacía exactamente el cálculo opuesto: ¿cuánto puedo sacar yo de todo esto? La devoción total de ella y la traición vergonzosa de él nacen de la misma escena, de la misma mesa, del mismo encuentro con Jesús. Dos respuestas completamente opuestas al mismo Señor.

La mujer del Perfume Judas Iscariote
Lo da todo sin pedir nada. Quiebra el frasco. Actúa por amor puro. Jesús la inmortaliza.Calcula lo que puede obtener. Negocia en secreto. Actúa por codicia. La historia lo recuerda con vergüenza.

Mateo añade un detalle que cierra la escena con una imagen perturbadora: “Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle” (Mt. 26:16). La decisión ya está tomada. El precio ya está fijado. Solo falta el momento. Y mientras Judas busca esa oportunidad, Jesús continúa enseñando, partiendo el pan, lavando pies, amando a los suyos hasta el fin, incluido aquel que ya lo ha vendido.

Conclusión

La escena de Betania nos presenta a dos personas que esa misma noche, en la misma mesa, frente al mismo Jesús, tomaron decisiones diametralmente opuestas. Y lo más inquietante no es la diferencia entre ellas: es que ambas habían estado cerca de Él durante mucho tiempo.

La proximidad a Jesús no garantiza la rendición al Señor. Se puede estar en la mesa del Maestro, escuchar sus palabras, participar en su ministerio, y tener el corazón todavía negociando en la oscuridad. Judas es la advertencia más seria de todos los evangelios sobre la posibilidad de conocer a Jesús sin realmente entregarse a Él.

La mujer del perfume de nardo, en cambio, nos muestra lo que es la adoración genuina: un acto que no calcula el costo, que no reserva lo mejor para sí misma, que no espera el reconocimiento de los demás. Su gesto fue incomprendido por todos en esa habitación —excepto por Uno. Y ese Uno es el único cuya opinión importa.

Vale la pena preguntarse:

¿Con cuál de los dos nos identificamos más? No en lo drástico de la traición, sino en lo cotidiano del cálculo.

¿Tendemos a dar a Dios lo que nos sobra, o lo que más nos cuesta?

¿Calculamos nuestra devoción según lo que nos puede costar, o la dejamos fluir desde un corazón que ha entendido cuánto nos amó Él primero?

El nardo derramado de esa noche llena todavía el aire de la historia con su fragancia. Dos mil años después, la promesa de Jesús se ha cumplido con exactitud: dondequiera que se predica el evangelio, se cuenta lo que ella hizo. Porque el Maestro que ella amó sin reservas es el mismo que aún hoy recibe, reconoce y guarda para siempre cada acto de amor que le ofrecemos con el corazón entero.

El frasco roto no se puede recuperar. Pero el amor que lo derramó es eterno.

Esta noche en Betania nos recuerda que, antes del drama de los últimos días, hubo un momento de descanso, de perfume, de amor sin cálculo, y de una mujer que —sin saberlo— le rindió al Señor el homenaje más hermoso que él recibiría antes de su muerte.

“De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.” (Mt. 26:13)



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