
Juan 13:1–17 y Mateo 26:20–30; 36–56
El evangelio de Juan abre el relato del día Jueves con una frase que lo resume todo:
“Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1).
Esa es la clave de todo lo que ocurre esa noche. No es una noche cualquiera: es la última noche antes de la Cruz.
Y Jesús lava los pies de los discípulos, parte el pan y bebe el vino con ellos, al terminar la cena van a orar al huerto de Getsemaní, acepta cumplir la voluntad del Padre y es traicionado y entregado por Judas. Son momentos que abren ventanas al corazón de Jesús. Momentos que la Iglesia ha guardado en su memoria desde aquella noche hasta hoy.

Ejemplo os he dado (Juan 13:1–17)
La cena ya ha comenzado. Juan nos dice que Jesús, “sabiendo que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba” (Juan 13:3), se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y comenzó a lavar los pies de sus discípulos.
El significado teológico es crucial: Juan no dice que Jesús lavó los pies porque olvidó quién era Él. Lo hizo precisamente porque sabía quién era. La conciencia de su propia divinidad, de su origen y su destino, lo llevó a usar un lebrillo y una toalla: el que tiene todo el poder lo usa para servir — lo opuesto a lo que el mundo hace
El lavamiento de pies no era un gesto simbólico vacío. En la Palestina del siglo primero, los caminos eran de tierra y polvo, las sandalias dejaban los pies sucios al llegar a cualquier casa, y lavar los pies de los huéspedes era la tarea reservada para el esclavo de menor rango.
A pesar de que el rabino era el que enseñaba y el discípulo el que servía, ningún discípulo judío lavaba los pies de su rabino. Jesús invirtió completamente el orden.
Pedro, fiel a su carácter, se resiste: “No me lavarás los pies jamás” (Juan 13:8). Y Jesús le responde con una firmeza que va mucho más allá de la advertencia: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”
No tener parte con Jesús es quedar fuera de su comunión. La soberbia que movía a Pedro a no dejarse servir es tan peligrosa como la soberbia que se niega a servir a otros.
“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” (Juan 13:14–15)
El lavamiento de pies no es solo una lección de humildad: es la definición del liderazgo en el reino de Dios. El que quiera ser grande entre sus hermanos será su servidor. No como una forma de influencia, sino como la expresión natural de un corazón que ha sido transformado por el amor de Cristo.
Jesús sabía quién era. Por eso sirvió. La grandeza verdadera no necesita demostrar nada.

“Haced esto en memoria de mí” (Mateo 26:20–30)
Después del lavamiento de pies, Jesús revela que uno de los doce lo entregará. La sombra de la traición cae sobre la mesa. Juan añade con una sencillez que hiela: “y era ya de noche” (Juan 13:30) y Judas sale a la noche. Era de noche en todos los sentidos posibles.
Y entonces, en ese momento cargado de dolor y de amor, Jesús toma el pan y el vino de la Pascua —los mismos elementos que Israel había compartido durante siglos para recordar el Éxodo de Egipto— y les da un nuevo significado completamente:
“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” (Mateo 26:26–28)
La Pascua redefinida
Lo que Jesús hace en ese momento es extraordinario. La Pascua judía miraba hacia atrás: recordaba la liberación de Egipto, la sangre del cordero en los dinteles, la noche en que el ángel pasó de largo. Ahora Jesús convierte esa celebración en algo que mira hacia adelante: su propio cuerpo entregado, su propia sangre derramada, el nuevo pacto sellado no con la sangre de animales sino con la suya propia.
Israel recordaba la sangre del cordero en los dinteles de Egipto. Jesús la convierte en memorial de su propia sangre. El tipo da paso al cumplimiento. El cordero pascual cede su lugar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).
Pablo lo recoge y lo transmite a la iglesia de Corinto con una fórmula que se ha repetido en cada mesa del Señor desde entonces:
“Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan… haced esto en memoria de mí.” (1 Cor. 11:23–24)
Cada vez que la Iglesia parte el pan y bebe la copa, no está realizando un ritual vacío ni repitiendo mecánicamente una ceremonia. Está proclamando la muerte del Señor hasta que él venga (1 Cor. 11:26). La Cena del Señor es el punto donde el pasado de la Cruz, el presente de la Iglesia y el futuro de la venida del Señor se encuentran en un mismo acto de fe.
Cerraron esa cena cantando. Mateo nos dice que “después de cantar el himno, salieron al monte de los Olivos” (Mateo 26:30). Probablemente cantaron el Hallel — Salmos 113–118, los grandes salmos de alabanza que Israel entonaba en la Pascua. Después de cantar, Jesús fue al huerto al encuentro de su propia agonía.

“No sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:36–56)
El huerto de Getsemaní está al pie del Monte de los Olivos, a pocos minutos caminando desde el Templo. Su nombre en arameo significa “lagar de aceite” —un lugar donde se prensaban las olivas hasta extraer su última gota. Esa noche, allí sería prensado el alma del Hijo de Dios.
Jesús deja a ocho discípulos en la entrada y lleva consigo a Pedro, Jacobo y Juan, los mismos tres que habían presenciado la Transfiguración. Y entonces ocurre algo que ningún teólogo ha alcanzado a desentrañar completamente: el Hijo de Dios, ante la perspectiva de la Cruz, se angustia y entristece.
“Y comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” (Mateo 26:37–38)
Esta es una de las confesiones más humanas y más teológicamente profundas de toda la Escritura. Jesús no enfrenta la Cruz con serenidad fría y distante. La enfrenta con tristeza, con angustia real, con la carga de todo lo que esa copa significa. Lucas 22:44 añade que su sudor era como grandes gotas de sangre —un fenómeno médico conocido como hematidrosis, que ocurre bajo estrés extremo.
Y entonces ora. Tres veces. Con las mismas palabras, con el mismo clamor, con la misma lucha:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” (Mateo 26:39)
Esta oración es el corazón de Getsemaní y quizás el modelo más honesto de oración en toda la Biblia. Jesús no finge que no siente lo que siente. No disimula la angustia ni la llama fe. La expresa con toda su crudeza: “si es posible, pase de mi esta copa.” Pero entonces añade las palabras que definen toda su vida: “pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
Los discípulos, mientras tanto, se quedan dormidos. Tres veces los encuentra así. No hay juicio en el texto de Mateo, solo una tristeza mansa: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:40). En el momento más oscuro de Jesús, sus amigos más cercanos no pudieron orar porque estaban dormidos.

Y entonces llegan las antorchas. Judas entra al huerto con una multitud de soldados y guardias del Templo, se acerca a Jesús y lo saluda con un beso. La señal convenida. La palabra griega que usa Mateo para el beso de Judas es kataphilein: ¡Un beso efusivo, prolongado, del tipo que se daba a alguien muy querido! El instrumento de la traición fue un gesto de afecto.
Pedro saca la espada y corta la oreja de Malco, el siervo del sumo sacerdote. Y Jesús lo detiene con una calma que solo puede venir de alguien que tiene todo bajo control:
“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53–54)
No lo arrestan porque son más fuertes y numerosos y le impiden escapar. Lo arrestan porque decide no escapar. Por lo menos tenía a su disposición doce legiones de ángeles —setenta y dos mil seres celestiales— y Él se niega a pedir esta ayuda. Sale al encuentro de sus captores con las manos abiertas porque así está escrito, y lo escrito debe cumplirse.
No lo arrestaron porque no pudo escapar. Él se entregó porque decidió amarnos hasta el fin.
Conclusión
Este día nos deja tres imágenes que la iglesia lleva dos mil años meditando.
- La toalla y el lebrillo nos recuerdan que el poder en el reino de Dios se mide en servicio, no en posición.
- El pan partido y la copa de vino nos recuerdan que cada vez que nos sentamos a la mesa del Señor proclamamos su muerte y esperamos su venida.
- Y el huerto nos recuerda que la obediencia más costosa de la historia se pagó con sudor, con lágrimas, con la obediencia total al Padre en medio de la oscuridad de la noche.
La oración de Getsemaní —“no sea como yo quiero, sino como tú”— no es una oración de resignación o impotencia. Es la oración del que confía tan profundamente en el Padre que puede obedecerle incluso en lo que más le cuesta. Es la oración que cada creyente necesita aprender a orar en sus propios huertos de Getsemaní: en las noches de incertidumbre, en las decisiones difíciles y dolorosas, en los momentos donde la voluntad de Dios y nuestros deseos no coinciden.
Porque el que oró esa noche en el huerto no fue alguien que no sabía lo que es sufrir. Lo hizo con el alma triste hasta la muerte, con gotas de sangre cayendo por su frente, con el peso de toda la humanidad sobre sus hombros.
Y fue escuchado. En el momento más oscuro de Getsemaní, el Padre no abandonó a su Hijo. Envió un ángel a fortalecerlo.
“Y había allí un ángel del cielo que le apareció y le fortalecía.” (Lc. 22:43)
Y esa misma promesa de fortalecernos es para todo aquel que en medio de la tristeza, angustia y soledad se atreve a orar al Padre:
“No sea como yo quiero, sino como tú.”

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