Martes de Controversia


Mateo 22 -25


Si el domingo fue el día de la proclamación real y el lunes el día de la autoridad, el martes fue el día de la verdad dicha sin rodeos. Los evangelios registran más palabras de Jesús en este día que en cualquier otro de su ministerio público. Enseñó en el templo de manera ininterrumpida, enfrentó a cada grupo religioso y político que intentaba tenderle una trampa, pronunció el discurso más severo de todos sus años de predicación, y luego salió hacia el Monte de los Olivos para revelarles a sus discípulos lo que aún está por venir.

Era el martes. Faltaban tres días para la Cruz. Y Jesús habló como quien sabe que le queda poco tiempo y tiene mucho que decir.


Los Cazadores cazados (Mt. 22)

Los líderes religiosos de Jerusalén llegaron al templo ese martes con sus mejores preguntas preparadas. No venían a aprender: venían a entrampar a Jesús. Tres grupos distintos, con tres ataques distintos, y los tres salieron derrotados.


Primero llegaron los fariseos con los herodianos —una alianza inusual, ya que normalmente eran rivales— con la pregunta del tributo al César: «¿Es lícito dar tributo al César, o no?» (Mt. 22:17). Era una trampa perfecta: si decía sí, perdería el apoyo del pueblo judío. Si decía no, podrían acusarlo de rebelión contra Roma. Jesús pidió una moneda, les preguntó de quién era la imagen, y respondió:

“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” (Mt. 22:21)

La respuesta los dejó sin palabras. No era evasiva: era una enseñanza completa sobre la relación entre el ciudadano y el Estado, y entre el ser humano y Dios. Lo que lleva la imagen del César pertenece al César. Y el ser humano, creado a imagen de Dios, le pertenece a Él completamente.


Luego vinieron los saduceos, que no creían en la resurrección, con un caso hipotético absurdo sobre una mujer que tuvo siete maridos: ¿de quién será en la resurrección? Jesús los confronta por su doble ignorancia —de las Escrituras y del poder de Dios— y les enseña que en la resurrección la vida es de una naturaleza completamente diferente a la presente. Luego cita Éxodo 3:6 con una precisión devastadora: Dios se identificó como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob en tiempo presente, no en pasado. «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt. 22:32).


Finalmente, un fariseo interprete de la ley intentó reducir toda la teología a una sola pregunta: «¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?» Jesús respondió sin dudar:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt. 22:37–39)

Toda la ley y los profetas, resume Jesús, dependen de estos dos mandamientos. No son dos reglas entre cientos: son la fuente de la que brota todo lo demás. Y con eso, añade Mateo, «nadie le podía responder palabra; ni osaba alguno desde aquel día preguntarle más» (Mt. 22:46).

Tres grupos intentaron atrapar a Jesús con sus mejores preguntas. Los tres se fueron en silencio y avergonzados.


Los siete ayes (Mt. 23)

Una vez silenciados sus opositores, Jesús se volvió hacia la multitud y sus discípulos y pronunció el discurso más severo de todo su ministerio. Siete veces repitió la misma fórmula: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!» Cada «ay» era una acusación específica, una descripción de una forma particular en la que la religión hipócrita mata el espíritu en lugar de darle vida.

Es importante no leer este capítulo como una expresión de maltrato o de desprecio. Jesús no está insultando: está diagnosticando. Y al final del capítulo, su propio corazón queda al descubierto cuando llora sobre Jerusalén una vez más:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¿Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mt. 23:37)

Los ayes brotan del mismo corazón que lloraba el domingo sobre la ciudad. No son producto de una cólera fría: son la expresión del dolor de quien ve a sus hijos destruyéndose y dice la verdad precisamente porque los ama.

Algunos de los pecados que Jesús denuncia en ese capítulo son muy actuales actuales:

  • Cargan sobre otros cargas que ellos mismos no llevan (v. 4). 
  • Hacen sus obras para ser vistos por los hombres (v. 5). 
  • Cierran el reino de los cielos a quienes quieren entrar (v. 13). 
  • Limpian el exterior del vaso pero por dentro están llenos de robo y de injusticia (v. 25). 
  • Son como sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, llenos de muerte por dentro (v. 27).

«Hermosos por fuera, pero llenos de muerte e inmundicia.» El Señor no juzga la apariencia: ve lo que hay dentro del vaso.  (Mt. 23:27–28)

La lección de los ayes no es que debemos juzgar a los fariseos de nuestros tiempos. Es que cada creyente debe preguntarse: 

¿Hay alguna zona de mi vida donde la apariencia religiosa ha reemplazado a la realidad espiritual?, ¿Hay vasos limpios por fuera que por dentro cargan con cosas que aún no le hemos rendido al Señor?


En el Monte de los Olivos (Mt. 24–25)

Al salir del templo ese martes por la tarde, uno de los discípulos comentó la grandeza del edificio. Y Jesús respondió con una sentencia que los dejó helados: «… no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada» (Mt. 24:2). El templo que llevaba décadas construyéndose, el orgullo arquitectónico de Israel sería completamente destruido.

Subieron al Monte de los Olivos, desde donde se veía el templo resplandeciente al atardecer, y los discípulos le hicieron la pregunta que cualquiera habría hecho: ¿cuándo será esto, y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo? (Mt. 24:3). La respuesta de Jesús es el discurso profético más extenso de los evangelios.

El capítulo 24 tiene dos horizontes simultáneos. El primero es histórico: la destrucción de Jerusalén por el ejército romano en el año 70 d.C., cumplida con una precisión tan exacta que algunos críticos antiguos argumentaron que debía haber sido escrita después del hecho. El segundo es escatológico: los últimos tiempos y la venida del Hijo del Hombre. Ambos horizontes se superponen en el texto, y eso es deliberado: la caída de Jerusalén es tipo y anticipo del juicio final.

En medio del discurso, Jesús advierte sobre falsos cristos, guerras, hambres, persecuciones y la gran tribulación. Pero también da una promesa sólida como roca:

“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.” (Mt. 24:14)

La historia no terminará en el caos. Terminará cuando el evangelio haya alcanzado a todas las naciones. Hay un propósito, hay una dirección, hay un Rey que gobierna incluso los eventos más oscuros de la historia humana.

Sobre la fecha exacta de su venida, Jesús fue explícitamente claro en su humildad: «Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre» (Mt. 24:36). Esto no es una invitación a la especulación: es una invitación a la vigilancia. Y esa vigilancia se describe no como ansiedad sino como fidelidad activa.

Los capítulos 24 y 25 cierran con tres parábolas que definen cómo debe vivir el discípulo mientras espera: las diez vírgenes, los talentos y el juicio de las naciones. En cada una el tema es el mismo: la vida del reino no se improvisa en el último momento. Se construye día a día, en la fidelidad pequeña y constante, en el amor activo hacia los que tienen hambre, sed, que son forasteros, están desnudos y enfermos o en la cárcel.

“En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mt. 25:40)

Esperar la venida del Señor no es mirar al cielo con los brazos cruzados. Es servirle a Él sirviendo a su Iglesia y los necesitados de este mundo.


Conclusión 

Este martes de Semana Santa es quizás el más exigente de todos. Jesús no nos da descanso. Las controversias del templo nos preguntan: ¿das a Dios lo que le pertenece, o solo lo que te sobra? Los ayes nos conminan: ¿hay en tu vida algún vaso limpio por fuera y sucio por dentro? El discurso del Monte de los Olivos nos pregunta: ¿vives sabiendo que el tiempo está llegando a su fin y el evangelio tiene que llegar a todas las naciones?

Y las parábolas finales, con su claridad sorprendente, nos dejan sin excusas: el discípulo que espera al Señor es el que tiene aceite en su lámpara, el que multiplica lo que le fue confiado y el que ve al Señor mismo en el rostro del necesitado.

Jesús habló mucho ese martes. Pero todo lo que dijo se puede resumir en una sola pregunta que les hizo a los fariseos al final de las controversias, una pregunta que ellos no pudieron responder y que sigue flotando sobre cada uno de nosotros:

“¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” (Mt. 22:42)

Esa es la pregunta del martes. Esa es la pregunta de toda esta Semana. 

Y la respuesta que demos con nuestra vida —no solo con nuestros labios— lo cambia todo.



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