
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.”— Santiago 1:22-24
Todos soñamos. Cerramos los ojos —o a veces ni eso hace falta— y empezamos a imaginar cómo podrían ser las cosas: esa obra que queremos iniciar, esa conversación importante que nunca tenemos, ese cambio de vida que siempre retrasamos. Y la pregunta que vale la pena hacernos es: ¿está bien eso? ¿Es malo soñar?
La respuesta no es un simple sí o no. Todo depende de cuándo soñamos y para qué. Hay una diferencia enorme entre soñar para buscar la dirección de Dios, y soñar para no tener que obedecer lo que Dios ya nos dijo.
Santiago lo describe de una manera que resulta casi incómoda de leer, porque nos retrata muy bien: el que oye la Palabra de Dios pero no la pone por obra es como alguien que se mira al espejo, ve cómo es, y en cuanto se aleja… ya se olvidó de lo que vio. Conoció la verdad. La miró de frente. Y siguió igual.
Cuando soñar es bueno
Soñar tiene su lugar, y un lugar importante. Cuando todavía estamos buscando a Dios, preguntándole qué quiere de nosotros, imaginando cual es su voluntad en nuestra situación —eso no es perder el tiempo, eso es fe activa.
Abraham soñó con una ciudad cuyos cimientos puso Dios mismo (Hebreos 11:10). José soñó antes de gobernar. El salmista meditaba en la Palabra de Dios de día y de noche (Salmo 1:2), y esa meditación no era algo frío y mecánico: era imaginar, explorar, dejar que la mente recorriera los caminos de Dios.
También hay momentos difíciles en la vida donde lo único que nos sostiene es poder mirar más allá de lo que estamos viviendo.
Recordar las promesas de Dios y verlas con los ojos del corazón no es escapismo, es fe. Pablo lo dijo así: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2 Corintios 4:18).
Entonces sí: soñar para buscar a Dios, para llenarnos de esperanza, para visualizar cómo obedecer —eso es sano y necesario.
Cuando soñar se convierte en un problema
Pero hay otro tipo de sueño, y este es el que debemos evitar. Es el sueño que llega después de que Dios ya habló. Cuando ya sabemos lo que tenemos que hacer, y en lugar de hacerlo… seguimos imaginándolo.
Eso no es meditar. Eso es lo que Santiago llama engañarse a uno mismo.
¿Te ha pasado algo así? Dios te mostró que necesitabas pedir perdón a alguien, y llevas semanas imaginando cómo sería esa conversación pero nunca la tienes. O sientes que debes involucrarte más en tu iglesia, pero en lugar de dar el paso, te quedas pensando en lo mucho que podrías aportar. O Dios te habló de algo en tu hogar, y sigues “pensando en cómo hacerlo” mientras los días pasan.
Esa fantasía tiene varias consecuencias que vale la pena nombrar:
Nos da una falsa sensación de que ya hicimos algo. La mente queda satisfecha con haber “pensado” en algo que nunca llegó a existir fuera de nuestra cabeza. Nos miramos al espejo, sonreímos, y nos vamos sin cambiar nada.
Puede ser una manera de evitar hacer lo que sabemos que nos va a costar trabajo hacer. A veces soñamos con grandes logros espirituales precisamente para no realizar la pequeña obediencia de hoy: la visita al hermano enfermo, la conversación difícil, el servicio humilde.
Es una señal de que no estamos confiando del todo en Dios. Si Dios ya habló y seguimos dando vueltas en nuestra mente, en el fondo estamos diciendo: “No estoy seguro de que esto funcione.” La fe que obedece no necesita ensayar indefinidamente. Da el paso.
El espejo que olvidamos
La imagen que usa Santiago es impactante porque todos la hemos vivido. Uno se mira al espejo en la mañana, ve lo que tiene que arreglar, y en cuanto se aleja ya no lo recuerda. No es que no lo haya visto. Lo vio claramente. Pero la imagen se fue con él.
Eso pasa cuando escuchamos la Palabra de Dios, la entendemos, quizás hasta nos emociona, pero no la convertimos en acción. Cerramos la Biblia, terminamos de orar, salimos del culto… y seguimos igual.
Pero Santiago no se queda solo en la advertencia. En el versículo 25 da la otra cara: “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”
La bendición no le llega al que escucha bien. Le llega al que hace. No al que se imagina obedeciendo, sino al que obedece.
«Levantaos, vamos de aquí»
La noche antes de su muerte, Jesús les dijo a sus discípulos algunas de las palabras más hermosas que jamás escucharon. Hubo un momento donde cualquiera hubiera esperado que les dijera: “Quédense aquí a meditar en todo lo que les he dicho.”
Pero Jesús les dijo: “Levantaos, vamos de aquí” (Juan 14:31). No había tiempo para quedarse soñando con lo que acababan de escuchar. Era hora de caminar hacia lo que venía.
Hay un tiempo para sentarse ante Dios para escuchar, para buscarle, para meditar. Ese tiempo es sagrado y necesario. Pero también hay un momento cuando Dios ya habló, y lo que sigue es moverse, actuar. El creyente maduro aprende a distinguir en cuál de los dos momentos está viviendo.
Para terminar
Dios no está en contra de que soñemos. Él mismo nos dio la capacidad de imaginar, de visualizar, de proyectar. Pero él sí se opone a que usemos los sueños como excusa para no obedecerle.
Los sueños que vienen de Dios nos llevan a la acción. Los sueños que vienen de nosotros mismos nos dejan exactamente dónde estamos cómodos.
No te quedes mirando el espejo. Levántate y actúa.

Preguntas para Reflexionar
1. ¿Hay algo que Dios ya te dijo que hicieras, pero que todavía sigues “pensando en cómo hacerlo”? ¿Qué es exactamente lo que te está deteniendo?
2. Santiago dice que el que oye sin hacer “se engaña a sí mismo”. ¿En qué área de tu vida podría estar pasando eso?
3. ¿Tus sueños espirituales te llevan a actuar, o te dejan en un estado cómodo donde sientes que ya “avanzaste” sin haber dado ningún paso real?
4. Piensa en un área de tu vida donde sigues soñando sin actuar. ¿Qué te dice eso sobre tu confianza en Dios?
5. ¿Cuál es el primer paso concreto, aunque sea pequeño, que puedes dar esta semana para hacer la voluntad de Dios en lugar de solo imaginar que la haces?

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