¿Intercedemos o Solamente Pedimos?

“Noche” por Litzy Niño (Acrílico sobre tela)
(Grupo de Intersecundarios Iglesia Getsemaní – Salt Lake City, UT)

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.”
Filipenses 2:5 


La Reflexión de hoy nos confronta con una pregunta directa sobre nuestra vida de oración: ¿estamos intercediendo genuinamente, o simplemente presentando peticiones? La intercesión verdadera no comienza con nuestras intenciones —comienza con adoración, con conocer los pensamientos de Cristo sobre aquellos por quienes oramos. Sin esa adoración, la oración se vuelve rígida, impositiva y fría.


REFLEXIÓN

Isaías 59:16 muestra algo que nos obliga a meditar seriamente: Dios miró y se maravilló de que no hubiera nadie que se interpusiera contra la maldad. No encontró un intercesor. Eso no significa que no hubiera personas que oraban —significa que la mayoría oraba de una manera que no era verdadera intercesión. La diferencia es fundamental.

La intercesión genuina no comienza con nuestra lista de peticiones. Comienza con la adoración —con llevar la mente y el corazón hasta el punto de conocer los pensamientos de Cristo sobre la persona o situación por la que oramos. Filipenses 2:5 lo expresa con precisión: “haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.” Interceder es, en esencia, pensar como Cristo piensa sobre aquello por lo que pedimos.

El problema es que muchos sustituimos esa acción con algo más cómodo: un interés emocional en la oración. Nos gusta cómo nos hace sentir. Apreciamos la calma que produce, la sensación de haber cumplido. Pero eso es muy diferente a pararse delante de Dios como intercesor —a llevar sobre nuestros hombros la carga de otra persona hasta llegar a verla como Cristo la ve.

Hay otra forma de oración que tampoco es intercesión: la que impone. La que lanza peticiones hacia el trono de Dios como órdenes, la que le explica a Dios cómo debe resolver una situación, la que compite con Él por qué Su plan no parece suficiente. Esa actitud no es fe —es dureza espiritual. Y esa dureza, cuando se instala en la oración, termina produciéndose también en las relaciones: quien es rígido con Dios termina siendo insensible con las personas.

La adoración y la intercesión son inseparables. No es posible interceder genuinamente por alguien sin primero haber adorado —sin haber llegado a la presencia de Dios, sin haber comprendido la mente de Cristo. La adoración es lo que abre el acceso a los pensamientos de Dios sobre aquellos por quienes oramos. Sin ella, solo estamos hablando de nosotros mismos.

Y el llamado es concreto: si notas que falta intercesión genuina —en la iglesia, en tu familia, en tu comunidad —no te límites a lamentarlo. Sé tú esa persona. La intercesión es trabajo arduo, demanda toda la energía, pero tiene algo que ningún otro ministerio tiene: no esconde trampas. Es el ministerio más seguro y necesario que existe.


APLICACIÓN PRÁCTICA

•  Antes de presentar cualquier petición a Dios, dedica al menos cinco minutos a adorar —no como fórmula, sino como una búsqueda sincera de Su presencia. Que la adoración preceda a la petición. Podrás observar cómo cambia la calidad de lo que pides al orar.

•  Elige a una persona por quien vas a interceder. No solo llevarla en oración —sino dedicar tiempo para preguntarle a Dios: ¿qué piensas sobre esta persona? ¿Qué necesita realmente? Deja que su respuesta —aunque llegue gradualmente —oriente lo que pides por ella.

•  Examina honestamente tu vida de oración: ¿Esta compuesta de adoración e intercesión, o es una lista de peticiones propias? 

La intercesión genuina no es el ministerio más visible —pero es el más necesario y el más seguro. Y Dios todavía busca intercesores.


PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

1. Isaías 59:16 dice que Dios se maravilló de que no hubiera quien se interpusiera contra el mal. ¿Crees que esa misma actitud describe la situación de tu iglesia, tu familia o tu entorno en este momento? ¿Qué está faltando en términos de verdadera intercesión?

2. Si la intercesión es elevarse hasta el punto de conocer los pensamientos de Cristo sobre la persona por quien se ora. ¿Oras por otros de esa manera, o solamente expresas tus propios deseos para esa persona?

3. ¿Has experimentado la diferencia entre orar después de adorar —de llegar a la presencia de Dios —y orar desde la urgencia o la lista de peticiones?

4. La dureza con Dios en la oración produce insensibilidad hacia las personas. ¿Has vivido momentos en que tu rigidez en la oración se ha convertido en dureza en tus relaciones con los demás?

5. Si nadie más intercede verdaderamente, ¿estarías dispuesto a ser tú esa persona? 

Coram Deo



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