
«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…» (Romanos 12:2)
Amada Iglesia Getsemaní:
Nuestra congregación tiene ante sí una posibilidad que, a primera vista, puede despertar preguntas: adquirir un edificio que durante años funcionó como bar, para transformarlo en Casa de Dios y Puerta del Cielo. Se que algunos se preguntan si es apropiado y otros simplemente se sienten incomodos.
Pero creo, al mismo tiempo, que esta situación es una invitación a pensar con mayor profundidad bíblica. Sabemos que Dios es alguien que toma lo profano y lo santifica, lo roto y lo restaura, lo perdido y lo redime.
La pregunta no es si el edificio tiene un pasado oscuro o vergonzoso. La pregunta es: ¿Puede Dios —que transformó a cada uno de nosotros— transformar también un lugar?
Redimir
La palabra «redimir» viene del latín redimere: volver a comprar, rescatar, liberar pagando un precio. En la teología bíblica, la redención no es solo un concepto abstracto para el alma humana —es una realidad que abarca toda la creación (Romanos 8:19-23).
Cuando hablamos de redimir un edificio, no hablamos de un ritual mágico ni de una ceremonia que automáticamente borre su historia. Hablamos de algo mucho más poderoso y concreto: la accion de la Iglesia al tomar posesión de un lugar, consagrarlo a Dios, y comenzar a habitarlo de tal manera que su historia sea reescrita por la presencia del Espíritu Santo y el testimonio de su pueblo.
En la Biblia encontramos algunos precedentes. El monte Moriah, lugar de sacrificio pagano, se convirtió en el sitio donde Abraham adoró a Dios y donde luego se edificó el Templo. Corinto, una de las ciudades más moralmente depravadas del mundo antiguo, se convirtió en el hogar de una de las iglesias más importantes del Nuevo Testamento. Dios no evita los lugares con pasado profano, los rescata, los redime.
Es Un Asunto De Todos
El primer acto redentor será físico y visible: transformar el espacio con nuestras propias manos. Donde había luces de neón habrá palabras de vida. Donde había música que invitaba al desenfreno habrá himnos de alabanza. Donde las personas llegaban para escapar u olvidar su dolor por medio del licor o las pasiones habrá un altar donde ese dolor pueda ser llevado a las plantas de Cristo.
Este trabajo es fundamental. Es parte del testimonio. Cuando la gente vea a los miembros de nuestra iglesia —hombres, mujeres, jóvenes y niños— pintando paredes, instalando salones, construyendo un altar donde antes había una pista de baile, ese trabajo hablará más fuerte que cualquier anuncio. Dirá: aquí hay gente que cree que la Gracia y el Poder de Dios puede cambiarlo todo.
Nehemías no oró para que Dios construyera los muros sin la participación del pueblo. Oró, y luego puso a trabajar a todos los israelitas. La redención de un espacio comienza cuando el pueblo de Dios se une y pone su esfuerzo, su tiempo y sus recursos para hacerlo posible.
Tiene Un Propósito
Un edificio no se redime por el simple acto de cambiarle el nombre o poner una cruz. Se redime cuando la comunidad que lo habita vive el Evangelio con fidelidad día tras día.
Habrá personas en el área que conocen ese lugar por lo que hasta ahora ha sido. Algunos lo frecuentaron. Algunos dejaron allí parte de su vida, su dinero, su dignidad. Cuando esas mismas personas pasen frente al edificio y vean que ahora es una Iglesia, ¿qué verán? ¿Un grupo de personas que los juzga? ¿O una familia que los invita a unirse a ella?
Nuestro testimonio será la respuesta a esa pregunta. Si abrimos nuestras puertas no solo para los cultos, sino para servir a los necesitados, para orar con los que sufren, para recibir al extraviado —ese servicio será la prueba visible de que algo totalmente diferente está pasando en ese lugar.
Jesús dijo que sus seguidores serían reconocidos por su amor (Juan 13:35). No por el edificio que ocupan, sino por cómo viven dentro y fuera de él.
Redimir Con Nuestro Testimonio
La transformación más poderosa no será la del edificio. Será la de las personas que lo usen. Y esa transformación ya comenzó en cada uno de nosotros.
Todos fuimos redimidos del mundo. Algunos de nosotros teníamos nuestros propios «bares» en el corazón: adicciones, amarguras, pecados que creíamos imposibles de vencer. Y sin embargo, la Gracia de Cristo nos alcanzó. Si Dios pudo redimir nuestras vidas —que son templos mucho más complejos— cuánto más puede transformar un edificio.
El apóstol Pablo escribe a la iglesia en Corinto, que incluía a personas que habían sido fornicarios, idólatras, adúlteros, ladrones: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús…» (1 Corintios 6:11). Si los miembros de la Iglesia de Corinto podían ser redimidos, sus edificios también.
Cuando la gente vea que Getsemaní está integrada por familias que se ayudan, por personas integras, que cumplen su palabra y que aman a su prójimo —ese testimonio será el argumento más poderoso de que la redención de ese lugar es real, autentica.
La Redención Toma Tiempo
Sabemos que el primer domingo que celebremos el Día del Señor no cambiará la percepción que se tenga de ese lugar. La reputación de un lugar se construye con tiempo, y también con tiempo se transforma.
Eso no tiene que desanimarnos, por el contrario, nos obliga a prepararnos. Estamos hablando de largo plazo. La imagen irá cambiando cuando año tras año, Culto tras Culto, quienes nos conozcan encuentren en Getsemaní un testimonio de esperanza y salvación. Entonces dirán: “En ese lugar está pasando algo diferente, ya no es lo que era”
Y eso es lo que la redención hace. No borra el pasado —lo convierte en testimonio verdadero. Un lugar que fue símbolo de lo que el pecado hace con las personas, se convertirá en testimonio vivo de lo que la Gracia de Dios puede hacer en sus hijos.
Si esta oportunidad llega a concretarse, te pido que lo veas no como una carga sino como una oportunidad y una bendición. Podemos participar en algo que agrada a Dios: la redención de un lugar para Su Gloria.
Coram Deo

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