
“Como me envió el Padre, así también yo os envío.”
— Juan 20:21
Hoy reflexionamos sobre una verdad central del ministerio cristiano: el gozo que produce el hacer lo que Dios quiere que hagamos, en lugar de hacer lo que nosotros queremos hacer. Pocas cosas revelan mejor si Cristo es realmente nuestro Señor — no solo doctrinal y teológicamente, sino en la práctica cotidiana de nuestras decisiones de servicio.
REFLEXIÓN
Hay una diferencia fundamental entre hacer algo que uno mismo ha elegido — aunque sea una obra buena y útil — y hacer aquello que Dios específicamente nos mandó. El verdadero gozo no viene de alcanzar el éxito en lo que elegimos hacer, sino de hacer aquello que Dios nos mandó hacer. Ese es el gozo que tenía Jesús — no el gozo de hacer cosas grandes, sino el gozo de hacer exactamente lo que el Padre le había enviado a hacer.
Y cuando Jesús dice: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”, nos indica que su misión es el modelo de nuestra misión.
No fuimos enviados a hacer lo que nos parece más útil ni lo que más nos satisface personalmente. Fuimos enviados a cumplir lo que Él específicamente nos encargó.
Para descubrir esa misión específica, se necesita una comunión íntima con Jesús — conocerle más allá de nuestro Salvador personal, conocerle como el Señor que guía y dirige nuestra vida. Esta intimidad tiene un costo: Hechos 9:16 nos recuerda que el llamado de Dios a veces incluye sufrimiento. No como algo fortuito o accidental, sino como resultado de cumplir Su voluntad.
Esta relación íntima con el Señor nos ayuda a entender una distinción importante: la necesidad no es lo mismo que el llamado.
El hecho de que exista una necesidad — por urgente y real que sea — no significa automáticamente que Dios te está llamando a ti para cubrirla.
El llamado viene de la comunión con Él, no de la presión de las circunstancias. Y a veces, ser fiel al llamado significa decir no a demandas de servicio en otras áreas.
APLICACIÓN PRÁCTICA
Busca entender con claridad tu llamado al servicio — no a través de análisis, sino a través de la comunión intima con Dios:
• Dedica tiempo a estar en silencio con Dios — no para hacer peticiones, sino para escuchar. Pregúntale: ¿qué es lo que tú me enviaste a hacer en este momento de mi vida?
• Considera tus compromisos ministeriales: ¿cuáles nacen de una dirección clara de Dios y cuáles nacen de la presión de las necesidades externas, de lo que otros esperan de ti, o de lo que tú mismo has elegido?
• Si hay algo que sabes que Dios te llamó a hacer y que has postergado por dedicarte a otras cosas — aunque sean cosas buenas — identifícalo hoy y disponte a llevarlo a cabo.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
1. Jesús dice “como me envió el Padre, así también yo os envío.” ¿Tienes claridad sobre qué significa eso en tu vida — en este momento, en este lugar, con estas personas?
2. Hay una diferencia entre el gozo de lo que elegimos hacer y el gozo de cumplir lo que Dios nos envió a hacer. ¿Has experimentado esa diferencia? ¿Cuál de los dos describe mejor tu servicio actual?
3. ¿Estás sirviendo en áreas que nacen de una dirección clara de Dios, o estás respondiendo principalmente a las necesidades visibles y a las expectativas de otros
4. Hechos 9:16 habla del sufrimiento como parte del llamado. ¿Hay aspectos de tu ministerio o llamado que has evitado porque implican un costo personal que no estás dispuesto a pagar?
5. ¿Es Cristo realmente tu Señor en tus decisiones de servicio — o funciona más como un consultor a quien escuchas cuando coincide con lo que ya habías decidido.
Coram Deo

Leave a Reply