
“Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”
— Juan 13:14-15
Este devocional nos confronta con la pregunta que está detrás de todo servicio cristiano: ¿por qué sirvo? La respuesta a esa pregunta determina si nuestro servicio perdura o se agota, si produce fruto o es estéril.
REFLEXIÓN
La noche antes de su crucifixión, Jesús hizo algo que nadie esperaba: se levantó de la mesa, tomó una toalla, y lavó los pies de sus discípulos. No los pies de personas que lo habían honrado—sino los de quienes en pocas horas lo abandonarían, lo negarían, y traicionarían. Y luego dijo: “Ejemplo os he dado”
Ese es el modelo de servicio que el Señor nos deja. No el servicio del que espera gratitud o reconocimiento. No el servicio motivado por amor a la humanidad en general—ese amor se agota rápidamente cuando tropieza con la ingratitud. Sino el servicio que nace del amor a Cristo, y que por eso no depende de la respuesta de los demás.
Pablo lo entendía así. Su determinación de servir no nacía de que la gente le cayera bien, o de que le agradecieran su esfuerzo. Nacía de algo mucho más profundo: el recuerdo de que él mismo había sido blasfemo, perseguidor, enemigo de Cristo—y aún así, Cristo lo salvó. Esa gracia inmerecida fue lo que hizo a Pablo indestructible como siervo. Si Cristo lo había salvado a él siendo su enemigo, ¿qué podría hacerle a Pablo la ingratitud ajena?
Hay un objeto que representa muy bien el servicio ministerial: el que sirve a cristo es como un “tapete” para otros. No es alguien espiritualmente superior. No es alguien que recibe reverencia. Sino alguien que, como Jesús con la toalla en la mano, asume el lugar más bajo con la mayor dignidad posible—porque lo hace por amor a su Señor, no por necesidad de aprobación.
APLICACIÓN PRÁCTICA
¿Hay alguien a quien puedas servir en algo concreto—sin esperar que te lo agradezcan, sin mencionárselo a nadie? Puede ser:
• Hacer una tarea que normalmente le corresponde a otra persona sin que te lo pidan.
• Escuchar a alguien que sabes que es difícil de escuchar, con genuina paciencia.
• Orar por alguien que te ha tratado mal o que no te ha valorado.
• Hacer algo útil y necesario que nadie va a notar ni a reconocer.
Al terminar ese acto de servicio, pregúntate: ¿lo hice por amor a Jesús, o esperaba algo a cambio? La respuesta honesta te dirá mucho sobre la motivación que gobierna tu servicio.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
1. Jesús lavó los pies de quienes lo abandonarían esa misma noche. ¿Hay alguien en tu vida a quien te cueste servir porque no te ha valorado o te ha fallado? ¿Qué cambiaría si lo sirvieras por amor a Cristo y no por lo que esa persona mereces de ti?
2. Si servimos por amor a la humanidad, la ingratitud nos vencerá. Pero si servimos por amor a Dios, nada puede apagar esa determinación. ¿Cuál de las dos motivaciones describe mejor tu servicio en este momento?
3. Pablo recordaba constantemente lo que Cristo había hecho por él cuando era su enemigo. Eso lo hacía indestructible como siervo. ¿Tienes esa misma ancla en tu vida? ¿El recuerdo de la gracia de Dios hacia ti te impulsa a servir a otros?
4. ¿Hay alguna forma de servicio que hayas dejado de hacer porque no recibiste el reconocimiento que esperabas? ¿Qué necesitarías cambiar en tu motivación para retomarlo?
5. Si alguien observara tu vida durante una semana completa, ¿qué concluiría sobre la motivación de tu servicio: que sirves por amor a Cristo, o que sirves cuando te conviene o cuando te reconocen?

Leave a Reply