Blog

  • ¿Dudas de Jesús?


    “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo.”  —Juan 4:11


    Necesitamos reconocer que nuestras dudas sobre Jesús nacen de nuestra propia limitación, no de la suya, y también aprender a traer esas dudas, con honestidad, ante Él.


    Reflexión

    La mujer samaritana miraba a Jesús con curiosidad, pero también con escepticismo: “¿Cómo vas a sacar agua sin cubo ni cuerda?”. Su pregunta no era una burla; era una duda genuina nacida de lo que veían sus ojos. Y lo cierto es que, en el fondo, muchos de nosotros hacemos lo mismo.

    Con frecuencia nos impresionan las promesas de Dios en su Palabra, pero en silencio pensamos: “Eso es muy hermoso… pero para otra persona, no para mi”. Cuando llega el momento de confiar en Jesús para enfrentar una situación concreta —una necesidad económica, una relación difícil, una decisión importante—, algo en nuestro interior susurra: “Este pozo es demasiado hondo para que Jesús me ayude”.

    Lo curioso es que rara vez dudamos de nosotros mismos. Sabemos perfectamente lo que somos capaces e incapaces de hacer. La duda, en realidad, está dirigida a Jesús. Porque aunque nos duela reconocerlo, a veces disfrazamos ese pensamiento con frases como: “No dudo de Dios, solo dudo de mí mismo”.

    Pero si dudamos de que Él puede obrar en nuestra situación específica, es a Él a quien estamos limitando.

    Jesús no necesita cubo ni cuerda. Él no extrae agua del pozo del corazón humano; la hace brotar desde lo alto. La profundidad de tu problema no es obstáculo para su poder. Lo que sí puede obstaculizarlo es nuestra resistencia a creerle.


    Aplicación Práctica

    Identifica un área de tu vida donde, sin darte cuenta, has pensado: “Esto está más allá de lo que Jesús puede hacer”. Hazlo con honestidad. y luego, en oración, confiésalo al Señor:

    “Señor, he dudado de ti en esto. Te pido perdón y te entrego esta situación, porque creo que tu lo puedes hacer”.


    Preguntas de Reflexión

    1. ¿En qué área de tu vida sientes que “el pozo es demasiado hondo” para que Jesús actúe?

    2. ¿Alguna vez has confundido confiar en ti mismo con “no dudar de Dios”? ¿Qué diferencia hay entre esas dos actitudes?

    3. ¿Qué pasaría en tu vida si realmente creyeras que Jesús puede hacer lo que tú no puedes?

    Coram Deo


    Hno. Pedro Cuevas

  • Empobrecerte por Servir


    “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.”
     — 2 Corintios 8:9 


    Este devocional nos lleva al nivel más profundo del servicio cristiano: el empobrecimiento voluntario. No el servicio que da de lo que le sobra, sino el que da de lo que le cuesta. El modelo es Cristo mismo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a nosotros.


    REFLEXIÓN

    El Hijo de Dios tenía todo. Y lo dejó todo—no porque le fue quitado, sino voluntariamente, deliberadamente, por amor a nosotros. Ese es el estándar que Pablo coloca frente a la iglesia en 2 Corintios 8:9. No es una metáfora ni una exageración teológica: es el modelo concreto de lo que significa servir como Cristo sirvió.

    Pablo vivió ese modelo. En 2 Corintios 12:15 escribe: “aunque amándoos más, sea amado menos.” Es una de las declaraciones más profundas del Nuevo Testamento. Pablo reconoce algo que todo siervo de Dios enfrenta tarde o temprano: a veces, cuanto más te entregas, menos te valoran. Y él dice que eso no cambia nada. Sigue siendo un gozo.

    Esto va contra nuestra manera habitual de entender el servicio cristiano. Antes de comprometernos, nos preguntamos: ¿Cómo me afectará esto a mí? ¿Qué pasará con mi seguridad, mi salario, mi comodidad? Esas preguntas no son necesariamente malas, pero revelan que aún estamos calculando el costo antes de decidir si servimos. Pablo no calculaba así. Él ya había tomado la decisión de fondo: su vida no le pertenecía a él.

    Viene a mi memoria una imagen muy elocuente: quien sirve a Dios no es solo alguien que proclama el Evangelio. Es el “pan y el vino” que Cristo da a los demás. El pan no decide a quién alimenta. El vino no tiene nada que decir respecto a quien lo bebe. Simplemente se dan, se entregan, completamente, para que otros sean nutridos.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Examina hoy las condiciones que has puesto a tu servicio. Sé honesto contigo mismo:

    •  ¿Hay un llamado o una necesidad que Dios ha puesto frente a ti, pero que has rechazado porque el costo personal te parece demasiado alto?

    •  ¿Sirves principalmente en áreas donde te sientes cómodo, reconocido o valorado? ¿Qué pasaría si Dios te pidiera servir donde no hay ninguno de esos beneficios?

    •  ¿Hay alguien a quien sirves y que, mientras más te entregas, menos te aprecia? ¿Puedes seguir sirviéndole de todas formas, como lo haría Pablo?

    Cristo se hizo pobre para enriquecernos. Esa gracia es el fundamento y el modelo de todo servicio cristiano verdadero. Cuanto más lo entendemos, menos miedo tenemos de hacerlo.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. Cristo “se hizo pobre siendo rico”—no porque no tenía opción, sino por amor. ¿Hay algo en tu vida de lo que Dios te está pidiendo que te empobrezca voluntariamente para enriquecer a otros? 

    2. Pablo sabía que entre más amaba a los corintios, menos lo amaban a él. Y siguió amando. ¿Has tenido esa experiencia en tu ministerio o en tus relaciones?

    3. Chambers nos muestra nuestras preguntas típicas antes de servir: “¿…y mi salario, y mi seguridad, y mi comodidad?” ¿Cuáles de esas preguntas has hecho tú recientemente? 

    4. La imagen del “pan y el vino” describe a alguien que no controla cómo o para quién se entrega. ¿Sientes que Jesús tiene ese tipo de control sobre tu vida, o hay áreas donde tú decides cómo, cuándo y para quién te entregas?

    5. ¿Qué aspecto del servicio cristiano desarrollado en las tres últimas “Reflexiones Diarias”(determinación, deleite y empobrecimiento) te resulta más difícil llevar a cabo en este momento de tu vida?

    Coram Deo


    Hno. Pedro Cuevas

  • El Placer del Sacrificio


    “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas…”
     — 2 Corintios 12:15 

    Este devocional nos desafía a comprender que el sacrificio verdadero no es una carga que se soporta con resignación, sino una entrega que se hace con alegría cuando el amor a Cristo es la motivación. La pregunta de fondo es: ¿entrego mi vida, o solo la presto cuando me conviene?

    REFLEXIÓN

    Hay una palabra en 2 Corintios 12:15 que cambia todo: “placer”. Pablo no dice “me sacrificaré porque debo hacerlo”. Dice “con el mayor placer gastaré lo mío.” No es resignación—es gozo. No es martirio forzado—es una entrega deliberada y alegre.

    Eso es lo que se llama “el deleite del sacrificio”: el descubrimiento de que entregar la vida por amor a Cristo no empobrece, sino que llena. Lo podemos describir así: no desperdicio mi vida, la entrego voluntaria y deliberadamente por Cristo y su amor por los demás. La diferencia entre desperdiciar y entregar está en la dirección del amor.

    Pablo era un hombre que vivió completamente dispuesto a servir. Jesús podía disponer de su tiempo, sus talentos, su reputación, su libertad. Cuando alguien cree que la santidad requiere aislarse del mundo para “mantener la pureza espiritual”, deja de ser útil para los demás—se convierte en una estatua en lugar de un siervo. Pablo era exactamente lo contrario: un hombre tan entregado a Cristo que Jesús podía usarlo en cualquier lugar, con cualquier persona, en cualquier circunstancia.

    La declaración más radical de Pablo aparece en Romanos 9:3, donde dice que estaría dispuesto a ser separado de Cristo si eso significara la salvación de sus hermanos. ¿Se había vuelto loco? No—era alguien totalmente entregado a Cristo. Y cuando alguien está genuinamente entregado, ese tipo de entrega no parece exagerada; nos muestra lo único que tiene sentido.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Haz hoy un inventario honesto de tu entrega a Cristo. Responde estas tres preguntas por escrito:

    •  ¿Qué áreas de tu vida están completamente disponibles para que Jesús las use?  Tiempo, talentos, recursos, relaciones…

    •  ¿Qué áreas tienes reservadas—condicionadas, con límites, con “hasta aquí llego”?

    •  ¿Hay algo concreto que Dios te haya estado pidiendo que entregues, y que aún no has soltado?

    El objetivo no es encontrar si somos culpables o no, sino ser honestos. Dios no busca servidores perfectos—busca servidores entregados.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. Pablo dice que gasta su vida “con el mayor placer”. ¿Describirías tu servicio actual como algo que haces con gozo o con resignación?

    2. Si hacemos una distinción entre “desperdiciar” la vida y “entregarla” voluntariamente. ¿En qué estás invirtiendo tu vida en este momento—en cosas que duran o en cosas que sólo te satisfacen a ti?

    3. ¿Hay áreas de tu vida donde te has vuelto “intocable” para Dios? ¿Dónde has puesto condiciones a tu disponibilidad: “hasta aquí, pero no más”?

    4. Pablo estaba tan entregado que Jesús podía usarlo en cualquier contexto y con cualquier persona. ¿Hay personas o situaciones específicas para las cuales no estás dispuesto a actuar? ¿Por qué?

    5. La declaración de Pablo en Romanos 9:3 parece extrema. ¿Te parece exagerada o te parece el resultado lógico de amar a Cristo profundamente? 


    Hno. Pedro Cuevas

  • El Valor del Servicio


    “Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”
     — Juan 13:14-15


    Este devocional nos confronta con la pregunta que está detrás de todo servicio cristiano: ¿por qué sirvo? La respuesta a esa pregunta determina si nuestro servicio perdura o se agota, si produce fruto o es estéril.


    REFLEXIÓN

    La noche antes de su crucifixión, Jesús hizo algo que nadie esperaba: se levantó de la mesa, tomó una toalla, y lavó los pies de sus discípulos. No los pies de personas que lo habían honrado—sino los de quienes en pocas horas lo abandonarían, lo negarían, y traicionarían. Y luego dijo: “Ejemplo os he dado”

    Ese es el modelo de servicio que el Señor nos deja. No el servicio del que espera gratitud o reconocimiento. No el servicio motivado por amor a la humanidad en general—ese amor se agota rápidamente cuando tropieza con la ingratitud. Sino el servicio que nace del amor a Cristo, y que por eso no depende de la respuesta de los demás.

    Pablo lo entendía así. Su determinación de servir no nacía de que la gente le cayera bien, o de que le agradecieran su esfuerzo. Nacía de algo mucho más profundo: el recuerdo de que él mismo había sido blasfemo, perseguidor, enemigo de Cristo—y aún así, Cristo lo salvó. Esa gracia inmerecida fue lo que hizo a Pablo indestructible como siervo. Si Cristo lo había salvado a él siendo su enemigo, ¿qué podría hacerle a Pablo la ingratitud ajena?

    Hay un objeto que representa muy bien el servicio ministerial: el que sirve a cristo es como un “tapete” para otros. No es alguien espiritualmente superior. No es alguien que recibe reverencia. Sino alguien que, como Jesús con la toalla en la mano, asume el lugar más bajo con la mayor dignidad posible—porque lo hace por amor a su Señor, no por necesidad de aprobación.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    ¿Hay alguien a quien puedas servir en algo concreto—sin esperar que te lo agradezcan, sin mencionárselo a nadie? Puede ser:

    •  Hacer una tarea que normalmente le corresponde a otra persona sin que te lo pidan.

    •  Escuchar a alguien que sabes que es difícil de escuchar, con genuina paciencia.

    •  Orar por alguien que te ha tratado mal o que no te ha valorado.

    •  Hacer algo útil y necesario que nadie va a notar ni a reconocer.

    Al terminar ese acto de servicio, pregúntate: ¿lo hice por amor a Jesús, o esperaba algo a cambio? La respuesta honesta te dirá mucho sobre la motivación que gobierna tu servicio.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

    1. Jesús lavó los pies de quienes lo abandonarían esa misma noche. ¿Hay alguien en tu vida a quien te cueste servir porque no te ha valorado o te ha fallado? ¿Qué cambiaría si lo sirvieras por amor a Cristo y no por lo que esa persona mereces de ti?

    2. Si servimos por amor a la humanidad, la ingratitud nos vencerá. Pero si servimos por amor a Dios, nada puede apagar esa determinación. ¿Cuál de las dos motivaciones describe mejor tu servicio en este momento?

    3. Pablo recordaba constantemente lo que Cristo había hecho por él cuando era su enemigo. Eso lo hacía indestructible como siervo. ¿Tienes esa misma ancla en tu vida? ¿El recuerdo de la gracia de Dios hacia ti te impulsa a servir a otros?

    4. ¿Hay alguna forma de servicio que hayas dejado de hacer porque no recibiste el reconocimiento que esperabas? ¿Qué necesitarías cambiar en tu motivación para retomarlo?

    5. Si alguien observara tu vida durante una semana completa, ¿qué concluiría sobre la motivación de tu servicio: que sirves por amor a Cristo, o que sirves cuando te conviene o cuando te reconocen?


    Hno. Pedro Cuevas

  • Perseverancia Espiritual


    “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”
     — Hebreos 12:1 


    Este devocional nos desafía a distinguir entre dos formas muy distintas de enfrentar las dificultades: simplemente aguantar, o perseverar con la certeza de que Dios hará lo que sea mejor para nosotros. La diferencia no está en el esfuerzo, sino en la confianza.


    REFLEXIÓN

    Hebreos 12:1 usa una imagen poderosa: una carrera. Y nota cómo describe cómo debe correrse: “con paciencia”. No dice “a toda velocidad”, ni dice “calmadamente”. Dice con paciencia—que en el griego original es ὑπομονή (hypomoné): una resistencia activa, firme, que no cede, aunque las condiciones sean difíciles.

    Eso es exactamente lo que se conoce como “perseverancia espiritual”, y es muy diferente al simple aguantar. Aguantar es pasivo: esperar que pase la tormenta, resistir hasta que todo mejore. Pero perseverar es activo: seguir corriendo con la certeza de que la meta existe y que Dios cumplirá su promesa.

    Necesitamos identificar un tipo de temor que pocos reconocen en sí mismos: no tanto el miedo a sufrir, sino el miedo a que Dios “nos falle”. El miedo a que el amor, la justicia y la bondad de Dios no triunfen al final. Cuando ese temor toma control, dejamos de correr y empezamos simplemente a sobrevivir.

    Pero hay una verdad que sirve de ancla a la perseverancia: “toda esperanza que viene de Dios se cumplirá.” Si nuestra esperanza parece decepcionarnos por el momento, no significa que Dios falló—significa que esa esperanza está siendo purificada, refinada, preparada para algo más grande.

    Dios nunca ha perdido una carrera (o una batalla).

    El llamado para nosotros es claro: no te quedes paralizado esperando. Sigue corriendo—con paciencia, con certeza, con los ojos puestos no en las circunstancias sino en Aquel que garantiza la victoria al final de la carrera.


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Identifica hoy un área de tu vida donde sientes que solo estás aguantando—no perseverando. Puede ser una relación, una situación ministerial, una lucha personal, una promesa que sientes que tarda demasiado. Luego haz lo siguiente:

    1.  Ponle un nombre y escríbela en un papel. Darle nombre a esa área es el primer paso para dejar de “aguantar” y empezar a perseverar.

    2.  Expresa: “Dios no será derrotado en esto.” No como una fórmula mágica, sino como un acto consciente de tu fe.

    3.  Decide una acción concreta y pequeña que puedas hacer hoy en esa área—algo que demuestre que sigues corriendo, no sólo esperando.

    Perseverar no significa tener todas las respuestas. Significa seguir corriendo aunque no las tengas, confiando en que el que puso la meta también abrirá el camino.


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN


    1. Hebreos 12:1 dice que corramos “con paciencia”, no que nos sentemos a esperar. En este momento, ¿estás corriendo la carrera activamente o estás simplemente aguantando en el lugar? 

    2. A veces sentimos miedo, no tanto al sufrimiento propio, si no el miedo a que los propósitos de Dios no se cumplan. ¿Identificas ese temor en ti? ¿En qué área de tu vida dudas de que Dios te dé la victoria?

    3. ¿Hay alguna esperanza o sueño en tu vida que está siendo decepcionante ahora mismo? ¿Puedes verlo como un proceso de purificación en lugar de un fracaso? ¿

    4. La diferencia entre aguantar y perseverar está en la certeza, no en el esfuerzo. ¿Tienes la certeza de que Dios no será derrotado? ¿Es una certeza teórica o es algo que realmente mueve tus decisiones?

    5. ¿Qué área concreta de tu vida requiere que dejes de aguantar pasivamente y empieces a correr con paciencia y fe? ¿Cuál sería el primer paso práctico que darás al respecto?


    Hno. Pedro Cuevas

  • ¿Lo amas de verdad?


    “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” — Juan 21:15


    Este devocional nos invita a examinar la calidad de nuestro amor por Dios. La pregunta central es sencilla pero profunda: ¿Amamos a Dios de una manera que va más allá de nosotros mismos, o nuestro amor es cómodo, calculado y siempre dentro de lo que nos conviene?


    REFLEXIÓN

    Después de su resurrección, Jesús se encontró con Pedro a orillas del mar. Pedro, que lo había negado tres veces, esperaba quizás una reprensión o un castigo. Pero Jesús no le hizo preguntas sobre su fidelidad, su utilidad, ni sus planes de servicio. La única pregunta que le hizo fue: “¿Me amas?” Y la hizo tres veces.

    Eso nos enseña algo fundamental: para Jesús, todo lo demás—el servicio, el ministerio, la utilidad—viene después del amor. No al revés. Solo cuando Pedro confirmó su amor, Jesús le encargó una tarea: “Apacienta mis ovejas.”

    El servicio es el fruto del amor, no su sustituto.

    Este principio se ve también en Marcos 14, donde una mujer derramó sobre Jesús un perfume muy costoso. Los que estaban alrededor la criticaron: “¿Para qué este desperdicio?” Pero Jesús la defendió y dijo: “Buena obra me ha hecho” (Marcos 14:6). Lo que hizo esa mujer no fue calculado ni prudente. Fue un acto puro de amor, sin pensar en si era útil o si alguien lo aprobaría.

    Muchos de nosotros servimos a Dios por deber, por hábito, o porque “es lo correcto”. Pero hay una diferencia enorme entre servir a Dios porque “debo hacerlo” y servirle porque “le amo”. El primero nos mantiene enfocados en nosotros mismos—en nuestra utilidad, en nuestro desempeño, en nuestra reputación espiritual. El segundo nos saca de nosotros mismos y nos orienta completamente hacia Él.

    Alguien lo expresó así: cuando nos rendimos por amor a Dios, Dios mismo obra a través de nosotros—sin que tengamos que forzarlo ni calcularlo. La pregunta que Jesús le hizo a Pedro sigue resonando hoy para cada uno de nosotros: 

    ¿Me amas?


    APLICACIÓN PRÁCTICA

    Haz algo por Dios que no tenga otro motivo que tu amor por Él. No tiene que ser grande ni espectacular. Puede ser:

    •  Levantarte antes de lo normal para llegar al Templo con tiempo suficiente para estar con Él en oracion.

    •  Hacer una llamada para alentar a alguien que este pasando por una situación difícil sin esperar nada a cambio.

    •  Darle a Dios ese tiempo, talento o recurso que has estado guardando “para cuando sea el momento correcto”.

    •  Alabarlo en privado, con la misma entrega que tendrías si estuvieras en público.

    La clave no está en la magnitud de la acción, sino en el motivo: ¿lo estás haciendo por amor a Él, o para sentirte bien contigo mismo?


    PREGUNTAS DE REFLEXIÓN


    1. Jesús le preguntó a Pedro tres veces: “¿Me amas?” Si Jesús te hiciera esa misma pregunta hoy, ¿qué evidencia concreta tendrías para respaldar tu respuesta?

    2. Pedro servía a Dios, pero Jesús quiso asegurarse de que ese servicio nacía del amor. En tu caso, ¿tu servicio a Dios nace del amor o del deber?

    3. La mujer de Marcos 14 hizo algo “exagerado” por Jesús sin pedir permiso ni aprobación. ¿Hay algo que sientes que Dios te ha puesto en el corazón hacer por Él, pero que has pospuesto por miedo a lo que otros pensarán o porque no parece “prudente”?

    4. Cuando nos preocupamos demasiado por ser “útiles” nos centramos en nosotros mismos. ¿En tu ministerio o servicio, te enfocas más en tu desempeño o en estar en la presencia de Dios? 

    5. ¿Qué sería diferente en tu vida esta semana si te rindieras a Dios completamente—no por esfuerzo ni disciplina, sino simplemente porque le amas?


    Hno. Pedro Cuevas

  • ¿Soñar o actuar?


    “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.”— Santiago 1:22-24


    Todos soñamos. Cerramos los ojos —o a veces ni eso hace falta— y empezamos a imaginar cómo podrían ser las cosas: esa obra que queremos iniciar, esa conversación importante que nunca tenemos, ese cambio de vida que siempre retrasamos. Y la pregunta que vale la pena hacernos es: ¿está bien eso? ¿Es malo soñar?

    La respuesta no es un simple sí o no. Todo depende de cuándo soñamos y para qué. Hay una diferencia enorme entre soñar para buscar la dirección de Dios, y soñar para no tener que obedecer lo que Dios ya nos dijo.

    Santiago lo describe de una manera que resulta casi incómoda de leer, porque nos retrata muy bien: el que oye la Palabra de Dios pero no la pone por obra es como alguien que se mira al espejo, ve cómo es, y en cuanto se aleja… ya se olvidó de lo que vio. Conoció la verdad. La miró de frente. Y siguió igual.

    Cuando soñar es bueno

    Soñar tiene su lugar, y un lugar importante. Cuando todavía estamos buscando a Dios, preguntándole qué quiere de nosotros, imaginando cual es su voluntad en nuestra situación —eso no es perder el tiempo, eso es fe activa.

    Abraham soñó con una ciudad cuyos cimientos puso Dios mismo (Hebreos 11:10). José soñó antes de gobernar. El salmista meditaba en la Palabra de Dios de día y de noche (Salmo 1:2), y esa meditación no era algo frío y mecánico: era imaginar, explorar, dejar que la mente recorriera los caminos de Dios.

    También hay momentos difíciles en la vida donde lo único que nos sostiene es poder mirar más allá de lo que estamos viviendo.

    Recordar las promesas de Dios y verlas con los ojos del corazón no es escapismo, es fe. Pablo lo dijo así: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2 Corintios 4:18).

    Entonces sí: soñar para buscar a Dios, para llenarnos de esperanza, para visualizar cómo obedecer —eso es sano y necesario.

    Cuando soñar se convierte en un problema

    Pero hay otro tipo de sueño, y este es el que debemos evitar. Es el sueño que llega después de que Dios ya habló. Cuando ya sabemos lo que tenemos que hacer, y en lugar de hacerlo… seguimos imaginándolo.

    Eso no es meditar. Eso es lo que Santiago llama engañarse a uno mismo.

    ¿Te ha pasado algo así? Dios te mostró que necesitabas pedir perdón a alguien, y llevas semanas imaginando cómo sería esa conversación pero nunca la tienes. O sientes que debes involucrarte más en tu iglesia, pero en lugar de dar el paso, te quedas pensando en lo mucho que podrías aportar. O Dios te habló de algo en tu hogar, y sigues “pensando en cómo hacerlo” mientras los días pasan.

    Esa fantasía tiene varias consecuencias que vale la pena nombrar:

    Nos da una falsa sensación de que ya hicimos algo. La mente queda satisfecha con haber “pensado” en algo que nunca llegó a existir fuera de nuestra cabeza. Nos miramos al espejo, sonreímos, y nos vamos sin cambiar nada.

    Puede ser una manera de evitar hacer lo que sabemos que nos va a costar trabajo hacer. A veces soñamos con grandes logros espirituales precisamente para no realizar la pequeña obediencia de hoy: la visita al hermano enfermo, la conversación difícil, el servicio humilde.

    Es una señal de que no estamos confiando del todo en Dios. Si Dios ya habló y seguimos dando vueltas en nuestra mente, en el fondo estamos diciendo: “No estoy seguro de que esto funcione.” La fe que obedece no necesita ensayar indefinidamente. Da el paso.

    El espejo que olvidamos

    La imagen que usa Santiago es impactante porque todos la hemos vivido. Uno se mira al espejo en la mañana, ve lo que tiene que arreglar, y en cuanto se aleja ya no lo recuerda. No es que no lo haya visto. Lo vio claramente. Pero la imagen se fue con él.

    Eso pasa cuando escuchamos la Palabra de Dios, la entendemos, quizás hasta nos emociona, pero no la convertimos en acción. Cerramos la Biblia, terminamos de orar, salimos del culto… y seguimos igual.

    Pero Santiago no se queda solo en la advertencia. En el versículo 25 da la otra cara: “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.”

    La bendición no le llega al que escucha bien. Le llega al que hace. No al que se imagina obedeciendo, sino al que obedece.

    «Levantaos, vamos de aquí»

    La noche antes de su muerte, Jesús les dijo a sus discípulos algunas de las palabras más hermosas que jamás escucharon. Hubo un momento donde cualquiera hubiera esperado que les dijera: “Quédense aquí a meditar en todo lo que les he dicho.”

    Pero Jesús les dijo: “Levantaos, vamos de aquí” (Juan 14:31). No había tiempo para quedarse soñando con lo que acababan de escuchar. Era hora de caminar hacia lo que venía.

    Hay un tiempo para sentarse ante Dios para escuchar, para buscarle, para meditar. Ese tiempo es sagrado y necesario. Pero también hay un momento cuando Dios ya habló, y lo que sigue es moverse, actuar. El creyente maduro aprende a distinguir en cuál de los dos momentos está viviendo.

    Para terminar

    Dios no está en contra de que soñemos. Él mismo nos dio la capacidad de imaginar, de visualizar, de proyectar. Pero él sí se opone a que usemos los sueños como excusa para no obedecerle.

    Los sueños que vienen de Dios nos llevan a la acción. Los sueños que vienen de nosotros mismos nos dejan exactamente dónde estamos cómodos.

    No te quedes mirando el espejo. Levántate y actúa.


    Preguntas para Reflexionar


    1. ¿Hay algo que Dios ya te dijo que hicieras, pero que todavía sigues “pensando en cómo hacerlo”? ¿Qué es exactamente lo que te está deteniendo?

    2. Santiago dice que el que oye sin hacer “se engaña a sí mismo”. ¿En qué área de tu vida podría estar pasando eso? 

    3. ¿Tus sueños espirituales te llevan a actuar, o te dejan en un estado cómodo donde sientes que ya “avanzaste” sin haber dado ningún paso real?

    4. Piensa en un área de tu vida donde sigues soñando sin actuar. ¿Qué te dice eso sobre tu confianza en Dios? 

    5. ¿Cuál es el primer paso concreto, aunque sea pequeño, que puedes dar esta semana para hacer la voluntad de Dios en lugar de solo imaginar que la haces?


    Hno. Pedro Cuevas
  • Contra la Monotonía


    “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.” – Isaías 60:1


    La monotonía es la cualidad de aquello que carece de variación, que se repite de manera constante y uniforme hasta generar cansancio, aburrimiento o indiferencia.

    La palabra viene del griego monotonía, compuesta por monos (uno, solo) y tonos (tono, tensión), lo que literalmente significa “un solo tono”. Es decir, algo que suena siempre igual, sin altibajos, sin sorpresas.

    En la vida cristiana, la monotonía es uno de los enemigos silenciosos de la fe. No llega de golpe, sino gradualmente, cuando la oración se vuelve mecánica, la lectura de la Biblia se convierte en rutina y el servicio a Dios algo que se hace por hábito y no por amor. 

    Uno puede predicar, enseñar, dirigir la alabanza y servir a los hermanos, pero cuando esos actos se hacen sin depender del Espíritu Santo, sin un amor genuino por las personas y con la conciencia de que se sirve a Dios mismo, entonces la fidelidad se convierte en monotonía.

    Sus causas más comunes en el ministerio son el agotamiento espiritual , la falta de comunión íntima con Dios, el servir por obligación y también por no ver frutos visibles a corto plazo.

    Cuando llega el momento de tomar la iniciativa contra la monotonía, debemos ser nosotros los que damos el primer paso y levantarnos. No tiene sentido esperar que Dios nos ayude en esto porque no lo va a hacer. 

    Una vez que nos levantamos para enfrentar la monotonía, inmediatamente nos damos cuenta de que Dios está a nuestro lado. Y al tomar la iniciativa, nuestra relación con Dios se convierte en un asunto moral, un asunto de obediencia porque debemos ser obedientes para no caer en la rutina o en el error.

    Si nos levantamos y resplandecemos, la monotonía no nos atrapará.

    La monotonía pone a prueba la fortaleza de nuestro carácter. Es un enemigo que nos ataca cuando consideramos que lo que hacemos para servir a Dios no es importante o valioso. Nos hace ver las actividades o tareas como desagradables, serviles, agotadoras e indignas. Y cuando la enfrentamos, nuestra fortaleza espiritual es probada de inmediato.

    La comunión con Jesús es fundamental para que evitar que cualquier servicio se vuelva monótono. Cuando el Señor nos usa, lo que hagamos es transformado de la misma forma que Nuestro Señor tomó nuestro cuerpo y lo transformó en “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19).

    Pablo lo expresa en Colosenses 3:23 cuando dice: 

    “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” 

    El antídoto de la monotonía es recordar a quién servimos: no servimos a los hermanos, servimos a Cristo.


    Preguntas de Reflexión

    1. ¿Qué tareas monótonas, desagradables o serviles estás realizando ahora? ¿Las ves como una prueba de tu carácter o como una carga que evitas?

    2. ¿Estás esperando que Dios te ayude con lo monótono, o entiendes que debes dar el primer paso para descubrir que Él está ahí?

    3. ¿Estás dispuesto a hacer las tareas “más humildes” con la misma actitud que Jesús lavó los pies de sus discípulos, o consideras que ciertas tareas están por debajo de ti?

    4. ¿Has experimentado cómo Dios transforma el trabajo monótono cuando lo haces con la guía y divinos? 

    5. ¿Necesitas “levantarte y resplandecer” hoy para que Dios transforme alguna tarea o servicio monótono?

    Hno. Pedro Cuevas

  • Contra la Desesperación

    “Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.” – Mateo 26:46


    En el huerto de Getsemaní, los discípulos se durmieron cuando debían haber velado; y al darse cuenta de lo que habían hecho, cayeron en la desesperación

    La sensación de que hemos hecho algo irreversible suele hacernos caer en la desesperación.

    Son situaciones que nos llevan a decir: 

    Todo está perdido; ¿qué sentido tiene seguir intentándolo?”.

    Ahora bien, sería un gran error pensar que ese tipo de desesperación es algo excepcional. Todo lo contrario, es una experiencia humana muy común.

    Siempre que nos damos cuenta de que no hemos aprovechado una gran oportunidad o que nos hemos equivocado gravemente, tendemos a hundirnos en la desesperación.

    Y es en momentos así cuando, si estamos atentos, podemos escuchar la voz del Señor diciéndonos: 

    “Tranquilo. Esa oportunidad se ha perdido para siempre y no puedes hacer nada al respecto. Pero levántate y sigue adelante.

    En otras palabras, deja el pasado atrás, solo permite que Jesús te abrase, y sigue adelante, unido a Él.

    Inevitablemente, todos enfrentaremos situaciones que nos llevaran a caer en la desesperación, luchas en las que seremos incapaces de levantarnos por nosotros mismos.

    Los discípulos habían hecho algo impensable:

    ¡Se habían quedado dormidos en lugar de velar con Jesús!  

    Peo nuestro Señor vino a ellos y de manera amorosa pero firme les dijo, con otras palabras: 

    “Levántense, enfrentemos lo que viene”.

    ¿Qué es lo que viene para nosotros? No lo sabemos, pero, sin importar lo que sea que venga, debemos orar y confiar totalmente en que Él está aquí, a nuestro lado. 

    Nunca dejemos que la desesperación causada por un error pasado derrote nuestra confianza para seguir adelante.

    ¡No estamos solos, el Señor está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo!


    Preguntas de Reflexión


    1. ¿Hay alguna oportunidad perdida o error cometido que te ha llevado a la desesperación en estos momentos? 

    2. ¿Estás diciéndote a ti mismo “¿qué sentido tiene seguir intentándolo?”, o estás listo para levantarte y avanzar hacia lo que viene a continuación?

    3. ¿Confías absolutamente en Dios y basado en sus promesas, oras pidiendo Su ayuda para seguir adelante o todavía estás tratando de arreglar los errores pasados por tu cuenta?

    4. Si Jesús te dijera hoy: “Levántate, enfrentemos lo que viene”, ¿Estás dispuesto a hacerlo?

    Hno.Pedro Cuevas

  • Contra la Depresión

    “Y le tocó el ángel, y le dijo: Levántate, come.” – 1 Reyes 19:5


    En este pasaje vemos que el ángel no le dio una visión a Elías, ni le explicó las Escrituras ni hizo nada extraordinario. Simplemente le indicó que hiciera algo muy común para los seres humanos: levantarse y comer

    Si nunca nos deprimiéramos, no estaríamos vivos; solo los objetos no sufren depresión. Si no fuéramos capaces de deprimirnos, no tendríamos la capacidad de experimentar felicidad y alegría.

    Lo cierto es que hay cosas en la vida que parecieran planeadas para deprimirnos, como todo lo que está asociado con el sufrimiento o la muerte.

    La mayor parte del tiempo, cuando estamos deprimidos, el Espíritu Santo no nos da visiones gloriosas ni realiza cambios espectaculares, por el contrario, nos pide que hagamos cosas comunes; más comunes de lo que pudiéramos imaginar. 

    La depresión tiende a apartarnos de las cosas cotidianas de la vida. Pero siempre que estamos pasando por ella, si prestamos atención, Dios nos habla y nos indica que hagamos cosas normales y sencillas; cosas que jamás hubiéramos pensado que Dios nos moviera a hacer.

    Y a medida que las hacemos, por simples que sean, vemos al Señor obrando a través de ellas. Es su forma de movernos para luchar contra la depresión. 

    Sin embargo, necesitamos dar el primer paso, levantarnos y seguir la dirección de Dios.

    Si intentamos hacerlo solos, por nosotros  mismos, en lugar de vencer nuestra depresión, simplemente la profundizaremos. 

    Pero cuándo actuamos, atendiendo a la voz del Espíritu Santo, vemos que la depresión empieza a desvanecerse, porque tan pronto como nos levantamos y obedecemos, nos fortalecemos espiritualmente.


    Preguntas de Reflexión

    1. ¿Estás esperando que Dios te dé una experiencia extraordinaria para salir de la depresión, o estás dispuesto a obedecer haciendo las cosas simples y cotidianas que Él te indica?

    2. ¿Te ha apartado la depresión de las cosas normales de la vida? 

    3. ¿Estás intentando vencer la depresión con tus propias fuerzas, o estás esperando la guía del Espíritu Santo para dar el primer paso?

    4. ¿Has tenido la experiencia de ver cómo la depresión se va cuando obedeces a Dios haciendo lo que te pide?

    5. ¿Puedes ver al Señor en las cosas más sencillas de tu vida diaria, o solo lo buscas en lo extraordinario?


    Hno. Pedro Cuevas