Dios Conoce Tu Nombre


Un mensaje para ti, que eres madre, desde las páginas de la Biblia


Quiero hablarte de cuatro mujeres a las que nadie les dijo que quedarían en las páginas de la Biblia. Mujeres que no se levantaron una mañana pensando que su historia se leería miles de años después. Mujeres que vivieron su vida como tú vives la tuya: con amor, con luchas, con miedo, con dudas, con días buenos y días en que las fuerzas simplemente no alcanzan.

La Palabra de Dios no idealiza a las madres. No las pinta perfectas. Las muestra tal como eran: mujeres reales, con nombres reales, en situaciones que a veces no tenían solución fácil. Pero siempre, siempre, en medio de todo, Dios estaba presente.

Eso es lo que quiero decirte hoy. No que seas perfecta. No que lo tengas todo bajo control. Sino que Dios te ve, te conoce y ha estado caminando a tu lado desde antes de que naciera el primero de tus hijos, haciendo realidad las palabras del salmista:

“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos.”  (Salmo 139:1-3)


Jocabed: cuando el amor tiene que dejar ir · (Éxodo 2:1-10)

La historia de Jocabed comienza en uno de los momentos más oscuros de la historia de Israel. El faraón había ordenado matar a todo niño hebreo recién nacido. Y Jocabed tuvo un hijo. Y durante tres meses lo escondió.

¿Puedes imaginarlo? Tres meses viviendo con el corazón en la boca. Tres meses de noches en vela, acallando el llanto de un bebé, pidiendo a Dios que nadie lo escuchara, que los soldados no llegaran.

Cuando ya no pudo ocultarlo más, hizo algo que parece una contradicción: para salvar a su hijo, lo dejo ir. La Palabra nos dice que construyó una pequeña canasta, la impermeabilizó con brea, puso en ella a Moisés y lo dejó flotando en el río Nilo (Éxodo 2:3). No lo abandonó. Lo confió a Dios. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. 

Hay momentos en la vida de una madre en que la prueba de amor más grande no es retener al hijo, sino dejarlo ir. Confiar al hijo a Dios cuando tú ya no puedes hacer más. Eso no es rendirse. Es uno de los actos de fe más difíciles que existen. Y Dios honró esa fe. El niño fue rescatado. Y la propia Jocabed fue llamada para criarlo

Dios siempre nos devuelve, de una forma u otra, lo que ponemos en sus manos.


Ana: cuando el dolor se convierte en oración · (1 Samuel 1:1-20)

Ana quería ser madre y no podía. Año tras año, viaje tras viaje a la casa de Jehová, el mismo dolor. La Biblia dice que lloraba y no comía. Su marido Elcana le preguntaba: “Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Acaso no te soy yo más que diez hijos?”

Pero Elcana no entendía. Y ese es otra forma dolor que muchas mujeres conocen bien: el de sentir que nadie entiende su carga, nadie ve su lucha.

Sin embargo, Ana hizo algo con su dolor: lo llevó a Dios. No en silencio, sino con toda el alma. Lloraba delante del Señor. Oraba en angustia. Tanto, que el sacerdote Elí pensó que estaba borracha.

“Y Ana le respondió diciendo: No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora.”  —1 Samuel 1:15-16

Ana nos enseña que la oración no tiene que ser ordenada ni elegante para ser sincera. Lo que importa es que sea honesta. Dios no necesita que le presentes una versión mejorada de ti misma. Le puedes llevar tu corazón tal como está.

Dios escuchó a Ana. Y cuando le nació Samuel, ella cumplió lo que prometió: lo devolvió a la casa de Jehová para servir al Señor. No con amargura, sino con un canto. Su canto de acción de gracias en 1 Samuel 2 es una de las oraciones más hermosas de toda la Biblia.

El dolor de Ana se convirtió en historia. Y la historia de Ana nos sigue alentando hoy.


Noemí: cuando la vida no es lo que esperabas · (Rut 1:1-22)

Noemí salió de Belén con esposo e hijos, eran una familia. Pero regresó sola. En el camino perdió a su marido y a sus dos hijos. Si situación había cambiado tanto que cuando volvió a su tierra, le dijo a su gente: “No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.”

Noemí no finge que todo está bien. No tiene una sonrisa falsa en el rostro. Está rota, y lo dice, deja que se le note. Y la Biblia no lo oculta.

Pero la historia no termina ahí. Junto a Noemí camina Rut, su nuera, que se niega a abandonarla. Y en ese vínculo —entre una mujer devastada y otra que decide quedarse a su lado— Dios está tejiendo algo nuevo. La nuera había respondido a Ruth:

“… No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.”  —Rut 1:16

Noemí, que se consideraba vacía, resultó ser la mujer a través de quien Dios trajo a Rut al pueblo de Israel, a la vida de Booz, cuya descendencia llegaría hasta el propio rey David, y más tarde, hasta Jesús, el Salvador del mundo.

Si hoy sientes que tu vida dio un giro que no esperabas, recuerda a Noemí. Dios no descartó a la mujer amargada. La escuchó y la puso en el centro de su plan de Redención.

María: cuando no entiendes lo que Dios te pide · (Lucas 1:26-38; 2:19; Juan 19:25-27)

A esta mujer un ángel le trae una noticia que nadie podría siquiera imaginar. Ella es joven, soltera, prometida a un hombre que en ese momento todavía no sabe nada del mensaje. Y el ángel le dice: vas a ser madre del Hijo de Dios.

Su respuesta es de una honestidad sorprendente: «¿Cómo será esto?» No es incredulidad. Es la pregunta de alguien que no entiende, pero que está escuchando. Y…

“Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.”  —Lucas 1:38

María dijo que sí sin comprenderlo todo. Sin saber lo que vendría. Sin saber que treinta y tres años después estaría parada, al pie de una Cruz, viendo morir a ese hijo.

La Biblia dice dos veces algo aparénteme intrascendente, pero en realidad de profundo significado sobre María: que guardaba todas estas cosas en su corazón (Lucas 2:19, 51). María no lo entendía todo. Pero lo guardaba en su corazón. Meditaba. Confiaba.

Hay momentos en la vida de una madre en que no hay explicación suficiente para lo que está viviendo. Momentos en que lo único que queda es guardar todo lo que vive en el corazón, meditar, confiar, y permanecer de pie. Como María, al pie de la Cruz.

María no huyó cuando más dolor sentía. Permaneció ahí, al pie de la Cruz. Y esa es una muestra de amor y confianza que Dios siempre honra.


Recuerda…

Jocabed, Ana, Noemí, María. Cuatro mujeres. Cuatro historias distintas. Ninguna perfecta. Ninguna sin dolor. Pero todas en la presencia de Dios.

La Biblia no dice que ser madre es fácil. Muestra que Dios está contigo en la dificultad. No como un espectador, sino como alguien que camina a tu lado, que conoce tu nombre, que ve lo que nadie más ve: el cansancio detrás de la sonrisa, el miedo detrás de la fortaleza, el amor enorme que a veces no sabe cómo expresarse.

Si hoy tu historia se parece a la de Jocabed —porque tienes que dejar ir a alguien que amas—, que Dios te dé la fe para confiarle a Él lo que no puedes retener.

Si tu historia se parece a la de Ana —y vas cargando un dolor que nadie puede entender—, que Dios te dé el valor para entregarle ese dolor a Dios y esperar en Él.

Si tu historia se parece a la de Noemí —porque la vida no salió como la planeaste—, que Dios te recuerde que Él trabaja siempre para convertir las tragedias en grandes victorias.

Y si tu historia se parece a la de María —porque haz dicho que sí a algo que no entiendes del todo—, que Dios te conceda la gracia de guardar esas cosas en tu corazón y confiar en Él hasta el final.

Hermana, tú, que eres madre, no olvides nunca esta promesa de nuestro Dios:

“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida.”  —Isaías 49:15-16

Dios no te ha olvidado. Nunca lo ha hecho. Nunca lo hará. Eso es lo que quiero decirte hoy.


¡Feliz “Día de las Madres”!

¡Dios te bendiga y te guarde, hoy y siempre!

Coram Deo



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