Todo o Nada


“Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la ropa, y se echó al mar.”  Juan 21:7


Era de madrugada en el lago de Tiberias. Siete discípulos habían estado pescando toda la noche y no habían sacado nada. En la orilla, una figura que no reconocían les gritó que echaran la red al lado derecho. Lo hicieron — tal vez con escepticismo, tal vez porque no tenían nada que perder — y la red se llenó de tantos peces tanto que no podían sacarla (Juan 21:1-6).

Fue Juan quien lo reconoció primero: “es el Señor”. Y Pedro, en cuanto lo escuchó, hizo algo que solo Pedro podría hacer: se ciñó la ropa — porque se la había quitado para trabajar — y se echó al agua. No esperó que la barca llegara a la orilla. No calculó la distancia. No se preguntó si era conveniente. Oyó “es el Señor” y saltó.

Ese gesto, aparentemente impulsivo e irreflexivo de Pedro es una imagen de algo muy profundo: la entrega total no es un acto emocional. Es un acto de la voluntad. Y cuando la voluntad está orientada completamente hacia Cristo, el cuerpo la sigue sin pensarlo.

La renuncia externa — dejar cosas, cambiar hábitos, modificar conductas — puede hacerse sin que nada verdadero haya ocurrido en nuestro interior. Se pueden dejar cosas materiales y aferrarse todavía, con ambas manos, a vivir conforme a nuestras decisiones. La entrega total no tiene que ver con acciones externas. Tiene que ver con la voluntad.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”  (Gálatas 2:20)

Pablo no dice “ya no tengo lo que tenía o hago lo que hacía”. Dice “ya no vivo yo”. Es un cambio absoluto de gobierno en nuestra vida. Nuestra voluntad deja de ser la que organiza todo, y Cristo ocupa ese lugar. No como compañero, sino como autoridad soberana.

Y debemos entender algo muy importante, la entrega no se mide por la intensidad emocional del momento en que se realiza. La emoción puede acompañarla, pero si nos enfocamos en la emoción, buscaremos repetir esa sensación en lugar de vivir bajo la convicción de que ya no somos nosotros los que controlamos nuestra vida. La entrega verdadera es firme, deliberada, y no necesita de emociones constantes para sostenerse.

Pedro saltó al agua. No porque se sintiera valiente — semanas antes había negado a Jesús tres veces junto a una fogata. Saltó porque oyó “es el Señor”. Y eso fue suficiente. El Señor de su vida estaba ahí, no podía espera a que las circunstancias fueran convenientes.

La entrega total no es una emoción que hay que buscar. Es una decisión voluntaria que hay que tomar y una vez hecha sostenerla cada día hasta que estemos con el Señor.

Coram Deo



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