Muertos al pecado, pero vivos en Cristo Jesús


“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”  

Romanos 6:11


En el aposento alto, la noche antes de su ascensión, Jesús les hizo a sus discípulos una promesa que sonaba extraña: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Y diez días después, en Pentecostés, ese poder llegó — no como algo que el Espíritu les daba, sino que el Espíritu mismo los llenó con su presencia plena.

Pedro, que semanas antes había negado a Jesús tres veces junto a una fogata, se puso de pie ante miles de personas y predicó con una autoridad que no era suya. Era ell mismo hombre. Con las mismas limitaciones humanas.

Pero algo había cambiado de manera tan radical que los que lo escuchaban “fueron compungidos de corazón” (Hechos 2:37). No fue elocuencia. Fue el dominio del Espíritu sobre una vida que le había entregado el control total al Señor.

Al reflexionar sobre las enseñanzas de Romanos 6 nos encontramos con una imagen que es al mismo tiempo humilde y asombrosa: incluso el más débil de los santos puede experimentar el poder de la divinidad del Hijo de Dios cuando está dispuesto a entregarle el control total sobre su vida. La palabra que usa es precisa: “entregarle”. No esforzarse más. No comprometerse a mejorar. Entregarle. Dejarle. Soltar. “…para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”  (Efesios 3:19)

Pablo pidió eso en oración para los efesios. No pidió “para que tengan más de Dios”, ni “para que crezcan espiritualmente”, sino para que sean llenos de toda la plenitud de Dios. Es una frase que, si se lee despacio, resulta imposible de imaginar. ¿Toda la plenitud? ¿En nosotros?

Sí. Pero hay una condición — no de mérito, sino de entrega. Cuando nos aferramos al control de nuestra propia vida, aunque sea en lo más mínimo, reducimos el espacio disponible para esa plenitud. El texto de Romanos 6:11 no dice “trata de estar muerto al pecado”. Dice “considérate muerto”Es una decisión de fe, no un logro personal.

La vida eterna que Jesús vivió aquí — en un cuerpo mortal, en medio de limitaciones reales, frente a tentaciones genuinas — es la misma vida que está disponible para nosotros. No una versión reducida. No una aproximación. La misma vida, porque el mismo Espíritu habita en nosotros.

Lentamente, pero con seguridad. No de golpe. No en un instante de emoción religiosa. La majestuosa vida plena de Dios va invadiendo cada parte de nuestro ser — a medida que vamos dándole el control, a medida que seguimos diciendo sí a lo que el Espíritu revela, a medida que la obediencia se convierte en el hábito dominante de nuestra existencia.

Y entonces ocurre algo que nadie puede fingir: las personas se dan cuenta de que somos de Cristo. No lo deducen por nuestros argumentos. No lo concluyen por nuestra doctrina. Lo perciben — de la misma manera en que el Sanedrín percibió algo diferente en Pedro y Juan: “Y reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

Cristo no impone su dominio sobre nuestra vida. Se lo entregamos — cuando “soltamos” todo lo que habíamos estado usando para controlarnos a nosotros mismos.

Coram Deo



Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *